La esperanza no es un método

Homero Luis Lajara Solá, excomandante general de la Armada Dominicana

Hace más de treinta años, mientras me desempeñaba como ayudante del entonces secretario de las Fuerzas Armadas, el agregado de Defensa de los Estados Unidos me obsequió un libro que, sin imaginarlo, terminaría influyendo en mi manera de entender el liderazgo y la administración pública.

Se trataba de Hope Is Not a Method (La esperanza no es un método) de Gordon R. Sullivan y Michael V. Harper. Lo leí de principio a fin y, desde entonces, regresé a sus páginas muchas veces. Su idea central quedó grabada en mi memoria: la esperanza, por sí sola, nunca produce resultados.

El libro surgió después de la Guerra Fría, cuando el Ejército estadounidense comprendió que el mundo había cambiado y que ya no bastaba con hacer bien las cosas de siempre. Era necesario revisar estructuras, actualizar doctrinas, corregir procedimientos y preparar a la institución para desafíos completamente distintos. Esperar que el futuro resolviera los problemas era, sencillamente, renunciar a dirigirlo.

Esa enseñanza trasciende el ámbito militar. También interpela a las instituciones públicas de países como la República Dominicana, donde con frecuencia reaccionamos cuando el problema ya está sobre la mesa, en vez de trabajar para impedir que aparezca.

La planificación estratégica no consiste en redactar documentos para cumplir un requisito administrativo. Su verdadero propósito es señalar un rumbo y asegurar que las decisiones del presente preparen a la institución para el mañana. Cuando ese proceso pierde continuidad, la organización termina ocupada por la urgencia y deja de atender lo importante.

En mi comando de la Armada hubo planes estratégicos que identificaron la necesidad de actualizar normas, fortalecer la base legal y desarrollar instrumentos que garantizaran una evolución institucional coherente. Aquella visión existió.

Sin embargo, con el paso del tiempo, muchas de esas iniciativas fueron quedando relegadas mientras la atención se concentraba, en ocasiones de manera comprensible, en proyectos de infraestructura y otras necesidades inmediatas.

Las edificaciones, los equipos y los recursos son indispensables, pero ninguna institución se fortalece únicamente con cemento, acero o presupuesto. La verdadera solidez descansa en sus leyes, sus procedimientos, su doctrina, la supervisión y la evaluación constante de su desempeño. Cuando esas áreas se descuidan, los vacíos terminan manifestándose tarde o temprano.

Con frecuencia se atribuyen los problemas institucionales a la falta de recursos. Mi experiencia me lleva a otra conclusión: muchas veces el mayor obstáculo es la inercia. Se posponen decisiones, se dejan pendientes reformas necesarias y se confía en que las circunstancias terminarán acomodándose por sí solas. Rara vez ocurre.

Cada vez que vuelvo a ese libro encuentro la misma advertencia, tan válida hoy como cuando fue escrito: ninguna organización mejora porque lo desee. Mejora cuando sus comandantes identifican las amenazas antes de que se conviertan en crisis y actúan con método, disciplina y sentido de futuro.

La esperanza siempre será una virtud. Pero cuando se administra una institución llamada a servir al Estado, la esperanza nunca puede sustituir la planificación ni su accionar posterior.

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