Más allá del rencor

Homero Luis Lajara Solá

Por momentos sorprende que, en la madurez de la vida civil y militar, algunos todavía pretendan reducir el debate público a querellas personales, agravios antiguos o resentimientos envejecidos. A esta altura de las singladuras, perseverar con ese lastre no solo empobrece el juicio: desvía energías que deberían estar puestas en pensar en pos del bien del país.

La historia universal enseña otra cosa. Marco Aurelio escribió sus Meditaciones no para alimentar agravios, sino para gobernarse a sí mismo y servir mejor al imperio.

Abraham Lincoln, en medio de la guerra civil, entendió que una nación no se reconstruye desde la retaliación, sino desde la magnanimidad.

Winston Churchill supo que, en horas críticas, el liderazgo exige elevar el lenguaje para no rebajar la causa que se defiende.

Esa lección vale también para quienes hemos ocupado posiciones de mando, privilegio que no todos han tenido, aun muchos con sobrados méritos para ello. La experiencia no debe convertirse en pedestal, sino en responsabilidad. Quien ha conducido hombres, instituciones o ideas, tiene el deber moral de dejar algo más que recuerdos de poder: debe dejar criterio.

Los países que necesitan reformas profundas no avanzan atrapados en litigios del pasado personal. Avanzan cuando existe debate responsable, respeto por la diferencia y libertad para opinar sin miedo a la descalificación. Disentir no implica enemistad; es parte de la vida republicana.

Quienes todavía escribimos quizá tenemos una obligación mayor: usar el tiempo restante para sembrar reflexiones que ayuden a los que nos relevan a hacerlo mejor que nosotros. Esa es, al final, una forma superior de mando.

Porque el verdadero liderazgo no consiste en ajustar cuentas con el pasado, sino en dejar una estela que otros puedan seguir con mayor sabiduría hacia el porvenir.

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