Por
Homero Luis Lajara Solá
Revisando mi bitácora, encontré un episodio que hoy me provoca risa. Cuando ocurrió, estaba demasiado ocupado buscando cómo salir del apuro.
Era oficial de enlace entre la Marina de Guerra —hoy Armada— y el Grupo Consultivo de Asistencia Militar norteamericano (USMAAG) con asiento en la embajada de Estados Unidos. Una de las obligaciones que más tensión me producía era las visitas de generales de ese país. La confidencialidad de algunas conversaciones me llevó a oficiar varias veces de intérprete. Sabía inglés, pero nunca había estudiado para ejercer ese oficio.
En una de aquellas ocasiones llegó un general de la Fuerza Aérea norteamericana. La visita era confidencial y me correspondió interpretar durante su encuentro con el secretario de Estado de las Fuerzas Armadas, teniente general Héctor García Tejada, EN.
El general García Tejada era un hombre recio, de una trayectoria militar digna de encomio y con experiencia en acontecimientos importantes de la Guerra Fría. Debía estar atento a sus palabras.
Tras las presentaciones comenzó un relato largo. Yo necesitaba retenerlo, traducirlo y continuar la conversación. Él avanzaba y yo me quedaba atrás. Llegó un momento en que tuve que intervenir:
—Respetuosamente, señor secretario, ¿podría usted hablar más lentamente para que pueda traducir correctamente, señor?
Me clavó los ojos como un garfio en pleno abordaje.
—Oficial, ¿entonces usted me está diciendo que yo hablo muy rápido?
Ahí me salió la respuesta:
—Respetuosamente, señor secretario, eso sería imposible. Es que yo traduzco muy lentamente.
Comenzaron las carcajadas. Hasta el general norteamericano, que no sabía español, terminó riéndose. La tensión se había ido y yo había logrado salir de debajo del ancla en medio de aquella maniobra.
Antes de retirarnos, el general García Tejada me dijo:
—Oficial, usted no puede negar su origen y su estirpe. A partir de ahora usted es mi intérprete oficial.
Aquellas palabras tenían su historia. Siendo cadete de primer año, el general García Tejada había participado en la Misión Naval a España de 1954, diseñada y ejecutada por mi padre, el almirante Luis Homero Lajara Burgos.
Y cumplió lo anunciado. Me tocó interpretar en varias visitas de comandantes del Comando Sur y también en encuentros con diplomáticos que no eran militares. Mi traducción «muy lenta» había generado nuevas obligaciones.
Cervantes colocaba el valor entre la cobardía y la temeridad. Aristóteles apreciaba el humor que conserva el tacto. Al releer aquella página, encuentro algo de ambos; durante la reunión, bastante tenía con encontrar las palabras.
Comparto este recuerdo con los oficiales de hoy porque alguna vez les tocará expresar una dificultad ante un superior. Conviene hacerlo a tiempo, con respeto y haciéndose responsable de lo que se dice. Yo tenía que traducir correctamente y, para lograrlo, necesitaba pedir aquella cadencia.
El carácter nunca puede abandonar al militar en el ejercicio de sus funciones, cualquiera que sea el riesgo. Ese día me correspondió sostenerlo entre dos generales, uno de ellos, el entonces secretario de Estado de las Fuerzas Armadas de la República Dominicana.
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