Quien haya visto una barracuda bajo las aguas claras del Caribe conoce el engaño de su quietud. Permanece suspendida, como si nada ocurriera, hasta que un destello rompe la calma. Entonces aparece su verdadera naturaleza: rapidez, precisión y dominio de la distancia.
No es el pez más grande del océano, pero pocos inspiran un respeto tan inmediato. Su fortaleza no descansa solamente en los dientes ni en la velocidad, sino en saber esperar. No se agota persiguiendo cualquier movimiento. Observa, calcula y actúa cuando la ocasión le favorece.
De ahí que su nombre haya pasado a buques, submarinos y unidades militares. Una nave no recibe un nombre como simple adorno. Lo lleva como divisa y declaración de carácter. Llamarla Barracuda supone exigirle listeza, movilidad y capacidad para responder sin vacilaciones. No significa actuar con ferocidad ciega, sino emplear la fuerza con oportunidad.
En el mar, la prisa puede ser tan peligrosa como la tardanza. Una maniobra mal calculada compromete un buque; una decisión demorada puede entregar la iniciativa al adversario. El buen comandante no es quien se mueve primero en todas las circunstancias, sino quien sabe reconocer el momento en que permanecer inmóvil deja de ser prudencia y comienza a convertirse en indecisión.
El almirante norteamericano Mahan no inventó la importancia del poder naval. Puso en palabras lo que las grandes potencias habían aprendido durante siglos: las rutas oceánicas llevan mercancías, influencia y poder. Quien las protege asegura buena parte de su prosperidad; quien las abandona permite que otros ocupen el espacio dejado a la deriva.
Para una nación insular como la nuestra, la costa no puede ser contemplada como el borde de la patria. Es una de sus principales puertas. Los puertos no son únicamente lugares de carga y recaudación, sino puntos sensibles de la economía y la defensa. El Caribe tampoco es solo paisaje: es ruta, frontera y escenario permanente de intereses encontrados.
Hoy la pérdida de soberanía no siempre comienza con una escuadra enemiga en el horizonte. Puede llegar en una lancha cargada de drogas, en la explotación ilícita de los recursos, en un puerto descuidado o en la incapacidad de vigilar las aguas jurisdiccionales. También se retrocede cuando se abandona lo que se tiene el deber de conocer y proteger.
Pero hasta la barracuda depende de la salud del arrecife y del equilibrio de las aguas. La fuerza, por sí sola, no preserva el entorno que permite ejercerla. Defender el mar también significa cuidarlo.
La enseñanza de la barracuda no consiste en morder todo cuanto se mueve. Consiste en no dormir sobre las aguas: mirar, medir y actuar a tiempo. Para un buque, un comandante o una nación, pocas lecciones pueden ser más útiles.
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