Las condecoraciones

En ocasiones, el cine sirve para explicar asuntos que, tratados con demasiada solemnidad, pocos se detienen a considerar. Recuerdo a Mario Moreno, Cantinflas, en Su excelencia, estrenada en México (1967). Allí aparece como Lopitos, embajador de la República de los Cocos en Pepeslavia. Conviene precisar el dato, pues la escena merece buscarse.

Durante la presentación de sus cartas credenciales, el presidente le impone una condecoración y el embajador corresponde con otra. El intercambio se anima y ambos siguen colocándose distinciones hasta agotar las que lleva Lopitos. Ante semejante emergencia diplomática, este recurre a la medallita de primera comunión de su consejero para no quedarse atrás.

Hasta ahí, la comedia. El asunto merece otra consideración cuando se trata de instituciones cuya historia exige respeto, particularmente las militares, donde una condecoración forma parte de la hoja de servicios de quien la recibe y debe poder explicarse por sus méritos.

En la carrera de las armas se aprende a respetar esos símbolos. Una medalla puede recordar un acto de valor, una misión cumplida en circunstancias difíciles o años de servicios distinguidos. Hay hombres que las recibieron en vida y familias que tuvieron que recogerlas por ellos. Esa realidad obliga a ser cuidadosos.

La facultad de concederlas exige conocer sus reglamentos y examinar los antecedentes de cada propuesta. Si una distinción establece determinadas condiciones, corresponde comprobar que el candidato las reúne. La amistad, el agradecimiento personal o el deseo de complacer no deben dispensar ese examen.

También se hace justicia cuando se reconoce a un subordinado que ha cumplido con discreción, lejos de las relaciones que facilitan una recomendación. El rigor debe servir tanto para impedir una concesión inmerecida como para evitar que un mérito verdadero pase inadvertido.

Con las condecoraciones no se juega ni se relaja. Quien las merece tiene derecho a recibirlas con orgullo y a confiar en que se aplicó el mismo criterio a los demás. Cuidar ese principio es una responsabilidad del mando.

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