108 metros

Homero Luis Lajara Solá
Una nota recuperada posteriormente reveló que 23 marinos habían sobrevivido a las explosiones y se refugiaron en el noveno compartimento

Quien ha servido a bordo sabe que una emergencia no deja tiempo para proteger jerarquías ni prestigios. El 12 de agosto de 2000, el submarino ruso K-141 Kursk se fue al fondo del mar de Barents durante unas maniobras. No había explotado su reactor nuclear. Había fallado un torpedo de prácticas y, poco después, detonó parte del armamento almacenado en la proa. Murieron 118 tripulantes.

Vladimir Putin llevaba apenas tres meses como presidente de Rusia. Durante las primeras jornadas permaneció en Sochi, mientras la Marina rusa intentaba, sin éxito, acoplar sus equipos de rescate. Desde Moscú llegaban versiones contradictorias. La colaboración ofrecida por británicos y noruegos fue aceptada cinco días después. Cuando los buzos extranjeros consiguieron abrir la escotilla de popa, ya no quedaba esperanza.

Una nota recuperada posteriormente reveló que 23 marinos habían sobrevivido a las explosiones y se refugiaron en el noveno compartimento. Eso no demuestra que habrían podido ser rescatados. Las distancias, el frío, el estado del casco y el tiempo necesario para movilizar los medios obligan a ser prudentes. Pero confirma algo elemental: cada hora contaba.

Putin alegó después que desde Sochi disponía de las mismas comunicaciones que habría tenido en el Kremlin. Quizá fuera cierto. El problema no estaba en el teléfono, sino en el mando. Durante una desgracia nacional, la presencia del gobernante no repara el acero ni abre una escotilla; sirve para exigir respuestas, desafiar los partes tranquilizadores y acompañar a quienes esperan noticias.

Cuando finalmente acudió a Vidyayevo para reunirse con los familiares, encontró indignación, llanto y preguntas que ningún informe podía contener. Semanas más tarde, Larry King le preguntó qué había ocurrido con el Kursk. Putin respondió: «Se hundió». Tal vez quiso ofrecer una contestación seca. Rusia escuchó indiferencia.

El deterioro de la flota venía de años atrás. Putin no provocó la explosión ni había creado sus deficientes medios de salvamento. Sin embargo, el mando no consiste solamente en recibir honores cuando el buque entra en puerto. También obliga a aparecer cuando no regresa.

Quedaron 108 hombres a 108 metros de profundidad. En la superficie quedó otra lección: el secreto puede proteger una operación militar, pero jamás debe gobernar un rescate.

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