Durante más de dos mil años hubo hombres brillantes empeñados en resolver un problema que parecía posible: construir un cuadrado con la misma superficie que un círculo usando únicamente una regla y un compás.
Aparecieron teorías, se escribieron libros y muchos creyeron haber encontrado la solución. Al final, las matemáticas demostraron que aquello era imposible. No era falta de inteligencia; era que la realidad tenía un límite que no podía ser traspasado.
Esa vieja historia viene a colación porque hoy, en la vida pública, nos empeñamos en cuadrar el círculo. Pretendemos llegar a puerto seguro designando capitanes sin el perfil necesario, que jamás han tocado un timón o que ya han encallado barcos carboneros.
Queremos seguridad sin autoridad, libertad sin responsabilidad, instituciones fuertes sin disciplina y crecimiento económico sin sacrificios. Aspiramos a tener dirigentes honestos mientras premiamos al demagogo; exigimos pensamiento crítico, pero cada vez leemos menos y también verificamos menos. Las redes sociales terminaron convenciendo a muchos de que una opinión vale lo mismo que el conocimiento.
El problema no es la tecnología. La cuestión es el uso que hacemos de ella. La humanidad nunca había tenido tanta información al alcance de un teléfono y, paradójicamente, nunca había sido tan fácil manipular a millones de personas con medias verdades, videos editados o frases sacadas de contexto. Lo que antes tardaba semanas en propagarse, hoy da la vuelta al mundo en minutos.
Lo preocupante es que hemos comenzado a sustituir el razonamiento por la emoción. Si una noticia coincide con nuestras creencias, la compartimos sin comprobarla. Si contradice nuestras ideas, la rechazamos, aunque esté demostrada. Así no se construyen sociedades maduras; se construyen tribus.
La cuadratura del círculo enseña una lección sencilla: no todo lo que deseamos es posible y no todo problema admite una solución fácil. Hay asuntos que requieren estudio, experiencia, paciencia y, sobre todo, la humildad de reconocer que alguien puede saber más que nosotros.
Las grandes decisiones de un país, de una empresa o de una institución nunca deberían tomarse por aplausos, tendencias o estados de ánimo. Deben descansar sobre hechos, evidencia y sentido común. Esa ha sido siempre la diferencia entre las naciones que progresan y las que pasan la vida buscando culpables.
Quizá el mayor desafío de nuestro tiempo no sea la inteligencia artificial ni los avances tecnológicos. El verdadero reto consiste en formar ciudadanos capaces de pensar por sí mismos, distinguir un argumento de una consigna, un hecho de una conjetura y aceptar que la realidad no cambia porque alguien eleve la voz o haga un escándalo.
Las matemáticas resolvieron hace más de un siglo la cuadratura del círculo. Ojalá nosotros podamos resolver la nuestra: recuperar la razón en una época que parece haber decidido vivir únicamente de emociones.
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