La guerra. Tragedia humana

Homero Luis Lajara Solá

Hay guerras que se pierden mucho antes de que aparezca el primer soldado muerto en televisión. Se pierden cuando el poder confunde velocidad con victoria y destrucción con control político.

El reciente ensayo publicado por Foreign Affairs bajo la firma de Lawrence D. Freedman, sobre la confrontación entre Estados Unidos e Irán deja una reflexión profundamente seria para este tiempo dominado por la inteligencia artificial, los misiles inteligentes y la ilusión tecnológica de las guerras “quirúrgicas”.

Washington creyó que podía evitar otro Irak o Afganistán mediante una campaña rápida basada en ataques de precisión, inteligencia artificial y presión económica. Y ciertamente logró destruir instalaciones, centros de mando y objetivos estratégicos iraníes. Pero la guerra no terminó donde comenzaba el cálculo militar. Ahí fue precisamente donde empezó el problema político.

La historia demuestra que un país no necesariamente necesita derrotar militarmente a una superpotencia para resistirla. A veces basta con impedirle alcanzar una victoria clara. Irán entendió eso desde el primer día. Mientras Estados Unidos apostaba a la rapidez, Teherán apostó al desgaste, al impacto económico mundial y a la resistencia psicológica. El cierre del estrecho de Ormuz convirtió una brillante operación táctica en una situación estratégicamente incómoda para Occidente.

Eso explica por qué muchas veces las grandes potencias ganan batallas y pierden el relato histórico de la guerra.

La tecnología moderna ha creado una peligrosa sensación de omnipotencia. La inteligencia artificial permite detectar blancos en segundos, coordinar ataques simultáneos y reducir el tiempo entre decisión y destrucción. Pero ninguna máquina ha podido reemplazar todavía el factor humano: la voluntad de resistir, el nacionalismo, el fanatismo ideológico o simplemente el orgullo de no rendirse.

Napoleón lo aprendió en Rusia. Estados Unidos en Vietnam. La Unión Soviética en Afganistán. Rusia en Ucrania. Y ahora vuelve a aparecer la misma advertencia en Medio Oriente: la superioridad militar no garantiza automáticamente la victoria política.

Las guerras modernas ya no se miden únicamente por territorios conquistados, sino por la capacidad de soportar presión económica, controlar la narrativa y mantener cohesión interna. Ahí es donde muchos planes aparentemente perfectos comienzan a fracturarse.

Para países pequeños como la República Dominicana, estas lecciones deberían estudiarse con serenidad y profundidad. No para imitar conflictos ajenos, sino para comprender que la seguridad nacional del siglo XXI depende tanto de la estabilidad institucional, la educación estratégica y la cohesión social como de los equipos militares.

Porque al final, ninguna inteligencia artificial puede sustituir la prudencia de un estadista ni la experiencia de quienes entienden que la guerra, antes que un espectáculo tecnológico, sigue siendo una tragedia humana llena de incertidumbre.

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