Aguas del pez negro

Homero Luis Lajara Solá, Vicealmirante (r) de la Armada de la República Dominicana

Jorge Dezcallar no escribe de oído. Fue director del servicio de inteligencia de España y conoce los silencios, rivalidades y zonas grises de ese oficio. En su novela Pez negro convierte esa experiencia en una historia de persecución: organismos de seguridad de España, Estados Unidos e Israel buscan a un terrorista que se mueve entre las heridas del conflicto palestino-israelí.

La trama comienza a girar por un detalle aparentemente menor. Asís García, antiguo espía, intenta fotografiar a su esposa durante una recepción en el yate Sabila, atracado en Mallorca. Un desconocido le arrebata el teléfono y lo arroja por babor (costado izquierdo). Los invitados ven a un desequilibrado. Asís advierte algo distinto: alguien no quería quedar retratado.

Esa mirada entrenada sostiene la novela. El peligro rara vez se presenta con el cuello blanco, el uniforme o anuncia sus intenciones. Puede ocultarse tras un cargo público, una empresa respetable, una carga comercial, un pasaporte legítimo o una amistad conveniente. Antes de lanzar el garfio pirata, suele observar, comprar silencios y preparar la ruta de escape.

Aunque Dezcallar sitúa su historia en Oriente Medio, la reflexión cruza el Atlántico con facilidad. América Latina, extendida entre dos océanos y atravesada por grandes rutas comerciales y de narcotráfico, conoce el valor de sus puertos y fronteras.

Por ellos circula la riqueza que sostiene economías; también pueden deslizarse quienes convierten la apertura al mundo en oportunidad para el crimen y el delito.

Las redes criminales, alimentadas por las carencias, la ambición desmedida y la vanidad, han aprendido a cambiar de bandera, utilizar compañías legales, mover dinero sin equipaje y reemplazar rápidamente a sus jefes.

Frente a esa agilidad, ningún país puede custodiar celosamente una información que mañana aparecerá, demasiado tarde, en otra jurisdicción. La cooperación entre los servicios de inteligencia que aparece en el libro no es un adorno literario. Es la diferencia entre anticiparse y llegar cuando el barco ya zarpó.

Dezcallar tampoco permite olvidar el costo humano. Leah, una joven israelí que sobrevive al ataque de Hamás, permanece inmóvil bajo el cadáver de su amiga Esther. Una mariposa amarilla se posa cerca y, durante unos instantes, le recuerda que la vida continúa fuera de aquel horror. Esa escena pesa más que cualquier explicación política.

Capturar al Pez negro puede cerrar una operación, pero no limpia las aguas que lo hicieron posible. Mientras sobrevivan la impunidad, el dinero ilícito, la corrupción, los dirigentes y comandantes sin carácter e incapaces y el abandono de los jóvenes, otro ocupará su lugar.

El autor escribe sobre un terrorista nacido en un conflicto lejano. Corresponde al lector decidir qué tan distantes le resultan esas aguas.

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