El mar tiene una manera muy suya de bajarle los humos a cualquiera. Basta dejar atrás el espigón para que el buque, tan firme y arrogante en puerto, comience a obedecer fuerzas que nadie ve.
Avanza y retrocede; deriva hacia los costados; sube y baja en la arfada (cabeceo). También se balancea, cabecea y guiña, que es cuando la proa se aparta del rumbo. Son seis movimientos. En un dibujo parecen poca cosa. A bordo se sienten en las piernas, en el estómago y hasta en el carácter.
Con los años se descubre que la vida navega de manera parecida. Un día nos coloca en la cresta y permite ver lejos; al siguiente nos baja al seno de la ola. El peligro está en creerse invencible cuando se está arriba o definitivamente perdido cuando se cae. Ninguna ola permanece para siempre.
Hay retrocesos que salvan. El capitán prudente reduce máquinas si la mar se pone gruesa. No lo hace por miedo, sino para proteger la nave y su gente. También en tierra, detenerse a tiempo puede evitar un naufragio que el orgullo no deja ver.
Lo más traicionero no siempre es el balanceo que rompe la vajilla. Es la deriva: esa corriente callada que aparta al buque milla por milla sin levantar alarma. Así trabajan la vanidad, el resentimiento y ciertas compañías. Cuando uno mira la carta náutica, puede encontrarse lejos del rumbo que juró seguir.
Cabecear no es hundirse. Guiñar tampoco significa perder para siempre la derrota. El timonel corrige, asegura la carga, ordena los pesos y vuelve a gobernar.
El buen marino no le exige quietud al océano. Le exige firmeza a su mano en el timón. Al final, poco importa cuántos tumbos dio la travesía. Importa haber conservado la nave, cumplido la misión, no haber dejado a nadie por la borda y llegar al fondeadero con la conciencia sin vías de agua.
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