Las pruebas PISA no son un concurso para premiar a los estudiantes más inteligentes. Son una evaluación internacional coordinada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos —la OCDE—, aplicada a jóvenes de 15 años en Lectura, Matemáticas y Ciencias.
Dicho sin lenguaje técnico: PISA comprueba si un estudiante entiende lo que lee, interpreta una gráfica, utiliza las matemáticas en una situación cotidiana y razona ante un problema. No mide solamente cuánto ha memorizado, sino qué sabe hacer con lo aprendido. Cada país recibe así una radiografía de su sistema educativo.
Los resultados dominicanos presentan ciertas luces, pero también sombras. En matemáticas y ciencias se observan avances; en lectura, sin embargo, todavía permanecemos doce puntos por debajo del nivel alcanzado en 2015. Esa cifra no debe verse como una simple calificación escolar. Un joven que no comprende un párrafo difícilmente podrá interpretar correctamente un contrato, una noticia, una ley, una receta médica o una promesa electoral.
Quien no lee entrega, sin advertirlo, una parte de su libertad. Otros terminan pensando por él, seleccionando lo que debe conocer y hasta señalándole a quién admirar, condenar o temer. Se convierte así en un títere cuyos hilos no siempre se ven.
La ignorancia no es un insulto. Todos ignoramos muchas cosas. El problema comienza cuando alguien opina sobre aquello que desconoce y se niega a investigar. Puede incluso calificar a otros como “gente de las sombras” o representantes del “lado oscuro” sin manejar un solo dato que sostenga su acusación.
Las redes sociales han multiplicado ese peligro. Una frase ingeniosa, un video recortado o una mentira repetida miles de veces adquieren apariencia de verdad. Pocos preguntan quién produjo el contenido, qué interés persigue o cuáles hechos fueron ocultados. La emoción desplaza entonces a la razón.
En la caverna de Platón, los prisioneros confundían las sombras proyectadas sobre una pared con la realidad. Hoy, aquella pared cabe en la pantalla de un teléfono. Quien no investiga continúa mirando sombras, mientras otros deciden qué figuras proyectar.
Leer tampoco significa creer todo cuanto aparece escrito. Significa comparar fuentes, revisar cifras y distinguir un hecho de una opinión. La racionalidad argumentativa exige razones, pruebas y la humildad de admitir que podemos estar equivocados.
PISA no milita en ningún partido ni se deja impresionar por discursos. Cuando se apagan los anuncios oficiales y se aparta la propaganda pagada, permanecen los resultados. Una vez más queda demostrado que no se puede tapar el sol con un dedo.
Durante más de una década, la República Dominicana ha destinado a la educación el equivalente al 4 % del producto interno bruto. Esa inversión fue necesaria y debe preservarse, pero gastar más no significa automáticamente enseñar mejor. Las aulas, los libros, la tecnología y la capacitación son medios; el verdadero propósito es formar ciudadanos capaces de comprender, razonar y decidir por sí mismos.
La pregunta, por tanto, no es cuánto dinero se ha gastado, sino cuánto conocimiento se ha sembrado. Compare usted el 4 % con los resultados, mire más allá de la propaganda y saque su propia conclusión.
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