El celular también combate

Homero Luis Lajara Solá

Hay órdenes militares que nacen para resolver una emergencia y otras que terminan convirtiéndose en doctrina. La reciente decisión del almirante Brad Cooper, comandante del Comando Central de los Estados Unidos (CENTCOM), pertenece a esta última categoría.

Tras evaluar las operaciones contra objetivos iraníes, Cooper llegó a una conclusión preocupante: el enemigo estaba obteniendo información valiosa a partir de los videos y fotografías que los propios militares publicaban en las redes sociales. La respuesta fue inmediata: restringir el uso de teléfonos celulares en determinadas áreas de operaciones y reforzar las normas de seguridad operacional.

La noticia no debería interpretarse como un asunto exclusivo de Estados Unidos. En realidad, encierra una lección que merece ser debatida en las academias militares, las escuelas de formación policial y los institutos de altos estudios de defensa de cualquier país.

Durante décadas, la seguridad operacional se enseñó protegiendo mapas, planes de campaña, documentos clasificados y sistemas de comunicaciones. Hoy existe un nuevo frente que no siempre recibe la atención que merece: el teléfono celular.

Una fotografía aparentemente inofensiva puede revelar la ubicación de una instalación, la magnitud de los daños causados por un ataque, los procedimientos de respuesta, el tipo de equipo empleado e, incluso, aquello que el enemigo deberá atacar en una segunda ofensiva.

Lo que para un soldado es un recuerdo o una publicación sin importancia, para un servicio de inteligencia puede representar información de enorme valor.

La tecnología ha cambiado la forma de hacer la guerra, pero también la forma de enseñar la profesión militar. Ya no basta con dominar la estrategia, la táctica o el empleo de las armas. Es indispensable formar oficiales y agentes conscientes de que la disciplina también se ejerce frente a la pantalla de un teléfono.

Por ello, la advertencia del almirante Brad Cooper merece ocupar un espacio en las aulas donde se forman los futuros comandantes. No para copiar decisiones extranjeras, sino para comprender que las amenazas evolucionan y que la doctrina debe evolucionar con ellas.

Una institución que no aprende de las experiencias ajenas suele verse obligada a aprender de sus propios errores, y ese siempre resulta el método más costoso.

Las redes sociales seguirán siendo parte de nuestra vida cotidiana. Lo que debe cambiar es la cultura de seguridad con la que se utilizan. Porque en el campo de batalla del siglo XXI, el celular también combate. La diferencia es que puede hacerlo a favor de nuestras fuerzas… o del enemigo.

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