Señores, ¿pero qué le ha pasado al canciller en este último año? Lo de ahora terminó de ponerle la tapa al pomo. Cualquier neófito en derecho constitucional o en derecho diplomático sabe que en un documento bilateral lo que determina su naturaleza no es el título, sino el contenido, el alcance de los compromisos y las implicaciones para el Estado.
No se puede hablar alegremente de migración, seguridad y coordinación internacional como si fueran simples acuerdos administrativos de oficina, y mucho menos pretender explicarle al país que algo de esa magnitud no requiere debate público, vistas o conocimiento del Congreso. Precisamente los temas sensibles para la soberanía y los derechos ciudadanos son los que exigen mayor transparencia y mayor rigor institucional.
Y para completar el cuadro, la noche anterior presentan desde la cancillería a un joven vocero (?) hablando con un tono casi publicitario, como si estuviera anunciando una pasta dental y no una situación de enorme trascendencia para la seguridad, la política migratoria y la percepción internacional del país.
A veces preocupa más la ligereza del manejo comunicacional que el documento mismo. Porque en asuntos de Estado, la forma también es fondo. Y cuando se trata de relaciones exteriores, improvisar lenguaje, minimizar cuestionamientos o tratar a la ciudadanía como si no entendiera, termina generando más dudas que confianza.
La diplomacia seria no se ejerce desde el mercadeo ni desde la suficiencia. Se ejerce con prudencia, explicación jurídica sólida y respeto absoluto a la inteligencia del país.




