La proclama publicada recientemente por la Casa Blanca bajo el título Commitment to Countering Cartel Criminal Activity refleja un cambio significativo en la manera en que los Estados Unidos están interpretando la amenaza del crimen organizado en el hemisferio occidental.
Durante muchos años el narcotráfico fue tratado como un problema policial y/o judicial. Hoy, la evolución de estas organizaciones ha llevado a considerarlas como actores capaces de afectar la seguridad nacional de los Estados.
La razón es evidente. Los principales cárteles contemporáneos ya no operan como redes de contrabandistas. Manejan enormes recursos financieros, controlan rutas marítimas y terrestres, ejercen violencia organizada y, en algunos casos, poseen estructuras que se asemejan a organizaciones paramilitares.
Su capacidad de penetración institucional también ha crecido, lo que presenta un desafío mucho más complejo que el de la delincuencia tradicional.
Cuando una potencia como los EE. UU. decide enmarcar el problema dentro de la seguridad estratégica, el mensaje es: el narcotráfico transnacional dejó de ser un asunto criminal para convertirse en una amenaza con implicaciones geopolíticas y de estabilidad regional.
La República Dominicana —en el centro del Caribe y de las principales rutas marítimas del hemisferio— no debe ignorarlo. Nuestra ubicación geográfica —bendición para el comercio—, nos coloca en una posición particularmente sensible dentro de las rutas del tráfico ilícito entre Sudamérica y los mercados del norte.
Durante décadas —reconociendo limitaciones y errores— nuestras instituciones se han esforzado para enfrentar este desafío. La cooperación internacional, el trabajo de inteligencia, la modernización de ciertas capacidades y la acción de agencias especializadas han permitido contener, en muchos casos, la expansión de estas redes dentro del territorio nacional.
Sin embargo, la experiencia contemporánea demuestra que el peligro mayor del narcotráfico no se enfrenta únicamente por medio de las agencias antidrogas, auxiliadas por las fuerzas militares y policiales. Actualmente, los recursos generados por el tráfico ilícito son tan cuantiosos que influencian decisivamente a las estructuras políticas y sociales de cada nación.
Ese fenómeno que ha golpeado a varios países de la región ataca en silencio. No llega con estridencia, sino con la sutileza de las relaciones, las contribuciones dudosas, los favores políticos y la infiltración progresiva en distintos estamentos del poder.
Ninguna sociedad está vacunada frente a ese nuevo escenario. Los sistemas democráticos —abiertos por naturaleza—, son vulnerables cuando la vigilancia institucional se debilita o cuando la tentación del dinero fácil distorsiona los procesos políticos.
Nuestro país, afortunadamente, no ha vivido aún los niveles de penetración que se observan en otras latitudes del continente. Pero sería ingenuo pensar que estamos al margen de esos riesgos.
Las organizaciones criminales que manejan miles de millones de dólares no se limitan a mover mercancías ilegales; buscan protección, influencia y acceso a espacios de decisión.
Por esa razón, la defensa frente al narcotráfico no puede limitarse a las acciones operativas de las agencias de seguridad.
Debe incluir protección implacable de la institucionalidad democrática, vigilancia permanente sobre los flujos financieros que rodean la actividad política y una cultura pública que entienda que la seguridad nacional no se preserva únicamente con armas, sino también con integridad.
El verdadero desafío es evitar que el poder corrosivo del dinero ilícito encuentre grietas dentro del sistema. Porque cuando el crimen organizado logra penetrar la política o los estamentos encargados de garantizar la seguridad, el problema deja de ser un asunto de cargamentos ilegales o salud pública, convirtiéndose en una cuestión de Estado.
La advertencia implícita en el documento de la Casa Blanca debe ser leída en esa clave. No se trata solo de combatir cárteles, sino de preservar la salud institucional de nuestras democracias. Y esa es, quizá, la batalla más importante de todas.




