Imperios en movimiento

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“Ayuda a tus semejantes a levantar su carga, pero no a llevarla”. —Pitágoras—

La historia demuestra que ningún imperio actúa por simpatía, ideología o afinidad moral. Todos —sin excepción— se mueven guiados por intereses.

Cambian los lenguajes, los símbolos y los sistemas políticos, pero la lógica del poder permanece. Esa constante explica por qué el sistema internacional atraviesa un proceso de reajuste profundo, marcado por decisiones estratégicas, no por discursos normativos.

Durante décadas, Estados Unidos de Norteamérica ejerció su poder desde una combinación de presencia militar, liderazgo económico y legitimidad política. Ese ejercicio ha estado condicionado en los últimos años por tensiones internas, polarización política y una mayor cautela frente a intervenciones abiertas.

Ese contexto hacía pensar en una potencia más contenida, selectiva y enfocada en la administración del riesgo.

Esa percepción cambió el pasado 3 de enero. La operación militar estadounidense en Venezuela, que culminó con la captura y el traslado de Nicolás Maduro a territorio norteamericano para enfrentar cargos judiciales, marcó un punto de inflexión.

Se trató de un precedente estratégico: Estados Unidos demostró que, llegado cierto umbral, está dispuesto a utilizar fuerza directa para resolver un problema que considera de seguridad nacional.

Más allá del debate jurídico o político, el mensaje fue claro: Washington conserva la capacidad —y la voluntad— de ejecutar acciones unilaterales de alto impacto cuando evalúa que el costo de la inacción supera al de la intervención.

En términos geopolíticos, eso reintroduce un factor que muchos daban por atenuado: la imprevisibilidad operativa del poder estadounidense.

Este hecho no ocurre en el vacío. China y Rusia observan con atención. Hasta ahora, China ha proyectado su influencia principalmente a través de instrumentos económicos: inversión, financiamiento, infraestructura y acceso a mercados.

Su estrategia ha sido paciente, pragmática y deliberadamente no confrontacional. No busca gobernar territorios ni imponer sistemas políticos; busca presencia, dependencia y continuidad.

Sin embargo, tras lo ocurrido en Venezuela, China podría revisar ciertos supuestos. No para militarizar su política exterior, pero sí para reforzar mecanismos de protección de sus intereses, diversificar riesgos y evaluar con mayor cautela su exposición en países donde un cambio abrupto de poder pueda afectar inversiones estratégicas.

Su respuesta, de producirse, probablemente seguiría siendo indirecta, gradual y silenciosa, eso esperamos.

Rusia, por su parte, ha operado históricamente con una lógica distinta: menor peso económico global, pero alta disposición a intervenir en escenarios donde pueda alterar equilibrios, incomodar a Occidente y proyectar influencia con recursos limitados. Su repertorio ha incluido asesoría militar, inteligencia, desinformación y apoyo a regímenes aislados.

El precedente venezolano podría empujar a Moscú a recalibrar su estrategia. No para competir con Estados Unidos, sino para fortalecer su presencia en otros teatros, elevar el costo de acciones similares en el futuro y reforzar alianzas donde considere que su influencia está en riesgo. Rusia suele responder de forma asimétrica y diferida.

En conjunto, estos movimientos confirman que el mundo ya no gira alrededor de un solo centro estable, sino de múltiples polos que reaccionan, se ajustan y se observan mutuamente. La acción de uno altera los cálculos de los demás. Nada queda aislado.

Para países pequeños como la República Dominicana, este escenario exige una lectura fina y sin ingenuidad. Nuestra cercanía económica y estratégica con Estados Unidos es un hecho, pero la lealtad no debe confundirse con pasividad.

En un entorno de imperios en movimiento, la política exterior debe ser prudente, informada y coherente, evitando tanto la subordinación automática como los gestos innecesarios.

En geopolítica, los precedentes pesan. Y cuando los imperios mueven fichas de alto valor, todos los demás deben recalcular su rumbo. Navegar sin entender ese tablero es, hoy más que nunca, un riesgo estratégico que no podemos permitirnos.

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