Lisandro y el poder

Homero Luis Lajara Solá, vicealmirante (r) de la Armada de la República Dominicana
Homero Luis Lajara Solá, vicealmirante (r) de la Armada de la República Dominicana

Lisandro, el almirante espartano que doblegó a Atenas, murió por no esperar refuerzos. En Haliarto avanzó antes de que llegara el ejército del rey Pausanias. Era el año 395 antes de Cristo. Aquella impaciencia le costó la vida y comprometió a quienes lo seguían.

Diez años antes, en Egospótamos, había esperado durante días la oportunidad de sorprender a la flota ateniense. Atacó cuando sus tripulaciones buscaban alimentos en tierra. Aquella victoria abrió el camino a la rendición de Atenas. Su prestigio se había levantado sobre una prudencia que no logró conservar.

Plutarco cuenta que había crecido en la pobreza y no utilizó su poder para enriquecerse. Consiguió el respaldo del príncipe persa Ciro el Joven para financiar la fuerza naval espartana y demostró capacidad para conducirla. Sería mezquino borrar esos méritos por sus errores posteriores. La justicia también consiste en reconocer lo que hizo bien quien después se equivocó.

Lisandro quiso prolongar su victoria mediante gobiernos sometidos a su influencia. En Atenas respaldó a los Treinta, responsables de una dura represión. La guerra había terminado y los vencedores seguían disponiendo de las vidas ajenas. Esa manera de entender el poder terminó volviéndose contra su prestigio.

Agesilao, a quien había ayudado a alcanzar el trono, terminó relegándolo porque le incomodaban su influencia y ambición. La ingratitud también alcanzó a Lisandro. Esa dificultad para aceptar límites y reconocer a otros recorre la tragedia griega. En la Antígona de Sófocles, el rey Creonte comprende demasiado tarde el daño de su obstinación.

En el siglo XXI, un gobierno que anuncia metas sin disponer de los medios para alcanzarlas también avanza sin refuerzos. La escasez puede empujarlo a aceptar apoyos que después comprometen sus decisiones. Rodearse de incondicionales y apartar al competente que incomoda agrava el problema. El líder termina decidiendo sin escuchar a quien podría advertirle.

Antes de comprometer a un país, hay que saber con quién se cuenta y qué sacrificios que valgan la pena tendrá que asumir la población. La falta de recursos y de personal preparado exige mayor cuidado al escoger el camino, porque reduce las posibilidades de corregir una mala decisión.

Para quien tiene hambre, resolver el día pesa más que una explicación sobre el futuro. Esa urgencia merece respeto. Convertirla en dependencia política, mientras se posterga la escuela, deja a la sociedad donde estaba. La educación debe permitir que cada ciudadano pueda ganarse la vida y examinar las promesas de quienes aspiran a gobernarlo.

La cultura se forma también con lo que se deja de hacer. Un deber incumplido y sin consecuencias se hace costumbre. Lo mismo ocurre cuando se ignora el trabajo bien hecho por un adversario. La vida pública necesita esa decencia elemental para que el esfuerzo tenga sentido.

John Donne escribió que ningún hombre es una isla. Hemingway llevó aquella meditación al título de su novela. Todos somos parte de una comunidad, incluidos quienes creen poder salvarse solos. En Haliarto murieron también los hombres que seguían a Lisandro. “Las campanas doblan por todos”.

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