Lo que antes se desahogaba en el balcón de una vivienda o en una conversación de colmado hoy circula en las redes y alcanza a miles de personas. Ese alcance exige mayor prudencia cuando están en juego las Fuerzas Armadas dominicanas y la confianza en sus mandos.
La vida militar deja heridas. Hubo oficiales muy preparados que salieron injustamente; otros fueron separados por comportamientos inadecuados. No todos alcanzaron las posiciones que merecían y algunos de los mejores se han quedado en el camino. Reconocerlo obliga a examinar cada caso con justicia, sin convertir toda separación en deshonra ni todo ascenso en prueba de superioridad.
La crítica fundada puede corregir errores. El resentimiento comienza a hacer daño cuando utiliza un agravio personal para desacreditar indiscriminadamente a las instituciones castrenses. Una denuncia se sostiene con hechos; la insinuación repetida termina castigando también a quienes cumplen su deber.
Séneca, en Sobre la ira, describe cómo esa pasión vuelve al ser humano incapaz de escuchar la razón y discernir lo justo. La advertencia cobra actualidad ante la facilidad de publicar en caliente y dejar una ofensa circulando mucho después de haberse apagado el enojo.
Shakespeare llevó ese conflicto al extremo en Coriolano: el militar desterrado se une a los enemigos de Roma para combatir la ciudad que había defendido. La tragedia invita a preguntarse qué ocurre cuando la herida del orgullo termina pesando más que el vínculo con la patria.
La reflexión alcanza igualmente a quienes permanecen activos. Cuando la ambición de un relevo personal alienta rumores o humillaciones contra el mando superior, el prestigio institucional se convierte en instrumento de una aspiración privada. Quien espera dirigir debería comenzar por respetar aquello que aspira a representar.
Cervantes dejó una orientación precisa en los consejos de don Quijote a Sancho: «No te ciegue la pasión propia en la causa ajena». La lección compromete también a los superiores: escuchar, actuar con equidad y reconocer el mérito ayudan a preservar la autoridad.
Las Fuerzas Armadas, valladar de la defensa y la paz de la República Dominicana, necesitan una reputación respaldada por la conducta de sus integrantes. Sus símbolos representan una continuidad que sobrevive a cada nombramiento.
Después del retiro o de la cancelación del nombramiento se adquiere la libertad de opinar y se es responsable por lo que se afirma. Para sentirse ofendido por una afrenta a la institución no hace falta estar activo. Hace falta amarla por siempre.
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