Publio Virgilio Marón (70–19 a. C.) fue el poeta de la Eneida y del destino imperial de Roma. Antes de cantar héroes y fundaciones, cantó la tierra. En sus Geórgicas elevó la agricultura a categoría moral, política y casi sagrada. Para Virgilio, sembrar, arar y podar eran la base de la civilización.
Esa intuición antigua adquiere sentido en pleno siglo XXI, cuando la seguridad alimentaria se ha convertido en un asunto estratégico para las naciones, especialmente para aquellas que viven rodeadas de mar.
Las Geórgicas nacieron en un momento clave. Roma salía de guerras civiles que habían devastado campos y campesinos. Augusto buscaba restaurar el orden y la vida rural. Virgilio respondió con un poema que enseñaba técnicas agrícolas —cultivo de cereales, viñedos, ganadería y apicultura—, pero sobre todo proponía una ética del trabajo.
El agricultor aparecía como el ciudadano ideal: paciente, austero, disciplinado, en armonía con la naturaleza. Esa visión era una advertencia: cuando la tierra es abandonada, la estabilidad del Estado se resquebraja.
La historia confirma esa verdad. Egipto se sostuvo milenios gracias al Nilo y a su calendario agrícola. China construyó imperios sobre el arroz y el control del agua. En la Edad Media, los reinos que protegieron sus campos resistieron mejor las hambrunas y las invasiones.
Incluso potencias modernas han comprendido que la autosuficiencia alimentaria es parte de la seguridad nacional. Japón, tras la Segunda Guerra Mundial, impulsó políticas agrícolas para no depender completamente del exterior. Israel convirtió el desierto en campos de cultivo mediante tecnología y disciplina. La lección es: la soberanía también se siembra.
Para nuestro país, el tema es más sensible. La condición insular implica vulnerabilidad logística. Las rutas marítimas pueden interrumpirse por conflictos, crisis energéticas o fenómenos naturales.
El alimento no admite improvisación. Depender excesivamente de importaciones en un mundo inestable equivale a navegar en alta mar sin provisiones.
Desde las estancias coloniales hasta los ingenios y los conucos familiares, el campo ha sostenido a la nación en momentos críticos. El arroz del Cibao, el plátano del sur, la ganadería del este y la producción avícola han permitido amortiguar crisis externas.
Pero la modernidad y la urbanización han ido relegando la agricultura a un segundo plano en el imaginario colectivo, como si fuera una actividad del pasado. Ese es un error estratégico.
Virgilio recordaba que el campesino aprende a prever y a resistir sequías y tormentas. Esa misma disciplina es necesaria hoy. Seguridad alimentaria no significa autarquía, sino capacidad de producir lo esencial, diversificar cultivos, proteger suelos y garantizar cadenas de distribución eficientes.
Implica también tecnología, riego inteligente, crédito agrícola y formación técnica. En una isla, la tierra cultivable es un activo geopolítico. Cada hectárea productiva es una reserva de estabilidad.
La República Dominicana posee ventajas: clima favorable, tradición agrícola y una población que aún mantiene vínculos con el campo. Convertir esas ventajas en política de Estado es una tarea impostergable. La agricultura no es solo economía rural; es defensa silenciosa, cohesión social y previsión ante lo incierto. Un país que cultiva su tierra cultiva su independencia.
Virgilio lo entendió hace más de dos mil años: no hay grandeza sin raíz en el surco. Para una nación insular, esa raíz es también ancla. Quien siembra hoy, garantiza el mañana. La seguridad alimentaria, en última instancia es una forma de patriotismo práctico: cuidar la tierra para que la nación nunca pase hambre.
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