En los puertos británicos del siglo XIX podían verse mercantes tan sobrecargados que parecían hundidos antes de zarpar. Los marineros les dieron un nombre terrible: “buques ataúdes”. El armador aprovechaba hasta la última tonelada de flete; la tripulación salía a enfrentar el océano casi sin francobordo.
Samuel Plimsoll llevó aquel abuso al Parlamento. Su lucha fue larga y encontró la resistencia de intereses poderosos. Al final consiguió que se pintara en el costado una marca para indicar hasta dónde podía sumergirse el casco sin comprometer la seguridad. Aquella raya, sencilla y visible, ha salvado incontables vidas.
Siempre me ha parecido que la marca Plimsoll habla también de nosotros. El calado revela el peso que lleva la nave; el francobordo, la reserva que conserva para recibir un golpe de mar. Uno exige conocer la profundidad disponible. El otro advierte cuánto falta para que el agua alcance la cubierta.
Con el paso de los años vamos embarcando responsabilidades, aspiraciones y compromisos difíciles de eludir. También suben a bordo viejas disputas que debimos dejar en tierra. Nada de eso aparece en el manifiesto, pero ocupa espacio. Apenas se nota mientras el tiempo permanece bonancible. La prueba llega cuando arrecia el viento.
Antes de aceptar una nueva obligación no basta con preguntarse si podemos cumplirla. Conviene saber qué pondremos en riesgo para hacerlo. Hay propuestas halagadoras que terminan restando estabilidad. No todo lo que cabe a bordo debe embarcarse ni cuanto parece una oportunidad conduce necesariamente a buen puerto.
Un capitán responsable deja parte del cargamento en el muelle cuando las condiciones así lo aconsejan. No se siente disminuido por ello. Sabe que su deber no es impresionar desde el zarpe, sino arribar con la nave en condiciones.
Plimsoll obligó a respetar una frontera pintada sobre el casco. La nuestra no se ve. Cada cual debe reconocerla antes de que el agua alcance la borda.
Con los años debe aprenderse a desconfiar de los barcos demasiado hundidos y de quienes aseguran poder con todo. Ambos suelen navegar sin reserva. Cuando llega la mala mar, ya es tarde para aligerar.
Related Posts
- La memoria prestada
Hace unos días releí un artículo del escritor y filósofo italiano Umberto Eco publicado en…
- Proceso fraudulento de un tribunal nacional
La competencia de la CPI para enjuiciar a un individuo que haya sido sujeto de…
- El manuscrito en una botella
En 1833, un joven de apenas 24 años ganó 50 dólares por un cuento titulado…




