¿Y si el barco estaba vacío?

Homero Luis Lajara Solá, vicealmirante (r) de la Armada Dominicana

Uno navega tranquilamente por un río y, de pronto, otra embarcación golpea la suya. La primera reacción no suele ser comprobar el daño, sino buscar al culpable. Levantamos la voz, preparamos el insulto y hasta imaginamos la torpeza del desconocido. Pero al mirar descubrimos que el barco está vacío.

El golpe fue el mismo. Lo único que cambió fue la intención que le atribuimos. La escena aparece en el Zhuangzi, una obra escrita hace siglos, aunque sus barcos continúan navegando entre nosotros. Ahora circulan por las avenidas, las oficinas, las familias y los teléfonos.

Un mensaje sin respuesta nos parece desprecio. Un saludo que no llegó, arrogancia. El conductor que se cruzó, un irresponsable. Una frase seca basta para organizar en la cabeza un tribunal completo: presentamos la acusación, escuchamos a un solo testigo y dictamos sentencia. Todo en pocos segundos y sin concederle al acusado el derecho de defensa.

Muchas veces, sin embargo, el barco venía vacío. Quizás quien no respondió estaba resolviendo una dificultad familiar. El que no saludó sencillamente no nos vio. Aquel comentario áspero pudo salir de alguien que acababa de recibir una mala noticia. Eso no obliga a justificar lo incorrecto, pero aconseja no confundir una impresión con una certeza.

La vida se vuelve demasiado pesada cuando suponemos que cuanto ocurre a nuestro alrededor guarda relación con nosotros. Nos creemos protagonistas hasta de escenas en las que apenas pasábamos por allí. Entonces perdemos la calma combatiendo intenciones que posiblemente nunca existieron.

La enseñanza tampoco invita a la ingenuidad. Hay barcos conducidos por personas irresponsables, ofensas deliberadas y daños que deben reclamarse. Pero antes de disparar la andanada conviene mirar bien la cubierta. A veces no hay mala fe, sino distracción; no hay desprecio, sino cansancio; no existe una conspiración, sino un mal día.

Con los años uno descubre que la paz no consiste en evitar todos los choques. Eso sería imposible. Consiste en escoger cuáles merecen respuesta y cuáles debemos dejar seguir corriente abajo. Tal vez este domingo, cuando algo pequeño amenace con estropearnos el ánimo, convenga respirar antes de reaccionar y hacernos una pregunta sencilla:

¿Y si el barco estaba vacío?

No resolverá todos nuestros problemas, pero podría evitarnos algunos naufragios innecesarios.

 

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¿Y si el barco estaba vacío?