“Eso lo hizo Balaguer”

El avión se acerca al Aeropuerto Internacional de las Américas Dr. José Francisco Peña Gómez (los perredeístas son especialistas renombrando vainas que no construyeron), y, desde la altura, se observa cómo el Distrito Nacional y el Gran Santo Domingo se expanden sobre la llanura costera del Caribe, como un charco de agua derramada hacia los cuatro puntos cardinales.

Sin que suene a apología Balaguerista (¡Líbrame Dios!), hay que decir que desde los cielos, aparte del caos indescriptible que supone el crecimiento de una urbe sin ordenamiento y planificación territorial; aparte de la selva de cemento, asfalto, acero, vidrio –etc.– que avasalla la mirada, lo único que se distingue en la distancia son los polígonos verdes de las áreas creadas por Balaguer, con el expreso fin de que fueran pulmones urbanos; zonas de esparcimiento y hábitat de especies de flota y fauna.

Desde el aire, la inmensa línea de los miradores Sur, Este y Norte, o los polígonos verdes del Botánico, el Zoológico, el Centro Olímpico –etc.–, nos obligan a pensar en qué hubiera sido de esta ciudad si Balaguer no hubiera ordenado (con su estilo “particular”) preservar y/o construir esas áreas.

Todos los políticos que han venido después no han estado a la altura de las circunstancias. Sí, Carolina Mejía ha revalorizado decenas de pequeños parques urbanos, cambiando notablemente la vida de los vecinos; Roberto trabajó al respecto también; David organiza la Zona Colonial; pero el cuestionamiento va dirigido a toda la clase política, independientemente de gobierno, partido o presidente.

¿Por qué pensamos sólo en gris? ¿Por qué creemos que el concreto es el lenguaje del desarrollo y que mientras más árboles cortemos, encementemos áreas verdes y llenemos las aceras de palmas, Santo Domingo será una ciudad más moderna?

El mundo se calienta, Santo Domingo se calienta, pero los políticos no desperdician una sola oportunidad para talar un árbol, ya sea en nombre de un polideportivo, centro comunitario o destacamento. Los políticos se han comido el Mirador del Este, el Olímpico, pedazos del Mirador Norte, y, si los dejan, se comerían el Mirador Sur y el Botánico también.

En vez de talar y encementar, pensemos en leyes que incentiven y promuevan la creación de nuevos espacios verdes; iniciativas de recuperación de áreas; fideicomisos públicos dedicados a la adquisición de inmuebles para hacer más áreas verdes urbanas, donde las empresas puedan donar a cambio de facilidades fiscales.

Si midiéramos el desempeño de cada presidente post Trujillo en función de parques urbanos, árboles sembrados y talados, áreas de esparcimiento para los munícipes (reales, prácticas y funcionales), ¿cuál sería el ranking?, ¿dónde quedarían Mejía, Fernández, Medina y Abinader?

La ciudad necesita más arboles, áreas verdes y parques. Cuarenta años después, a todos los políticos les debiera dar vergüenza que las áreas verdes significativas y trascendentes las hiciera Balaguer; alguien que, pese a su ceguera, pudo ver el futuro.

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