El abrigo de Dolly

Homero Luis Lajara Solá, vicealmirante (r) de la Armada de la República Dominicana

Hay gente que cuando progresa cambia hasta los recuerdos. De pronto nadie sabe de dónde salió, quién le dio la primera mano ni cómo eran aquellos años en que había que contar los cheles antes de llegar a fin de mes. Dolly Parton (1946-2026) nunca hizo eso.

Nació en Tennessee en una familia de doce hermanos. Eran pobres, y no pobres de esa pobreza que después se cuenta con cierta coquetería cuando ya se tiene una fortuna. En su casa realmente faltaban cosas.

Su madre una vez le hizo un abrigo con pedazos de telas de distintos colores. Era lo que había. Dolly fue a la escuela orgullosa de su abrigo y algunos muchachos se burlaron de ella. De ahí salió años después la canción Coat of Many Colors.

Me gusta esa historia porque dice mucho más de Dolly Parton que sus discos vendidos, sus premios o su fortuna. Aquella muchacha llegó a tener dinero para comprar todos los abrigos que quisiera, pero nunca tuvo necesidad de esconder el de retazos. Y eso no es poca cosa.

Me gusta esa historia porque dice mucho más de Dolly Parton que sus discos vendidos, sus premios o su fortuna. Aquella muchacha llegó a tener dinero para comprar todos los abrigos que quisiera, pero nunca tuvo necesidad de esconder el de retazos. Y eso no es poca cosa.

Su padre, Lee Parton, era un hombre de campo, trabajador, que no había aprendido a leer ni a escribir. Ella hablaba de él con orgullo. Cuando ya era famosa y rica creó en 1995 un programa para regalar libros a los niños pequeños de su tierra. Lo llamó Imagination Library.

Comenzó modestamente. Hoy se cuentan por millones los niños que han recibido esos libros. No sé si fue su mejor canción, pero probablemente haya sido su mejor obra.

También pudo hacer lo que hacen tantos cuando alcanzan el éxito: irse de su pueblo y regresar solamente para alguna fotografía. Prefirió invertir allí. Dollywood, además de parque y negocio, terminó creando empleos y movimiento económico en una zona que ella conocía desde abajo, no desde la ventanilla de una limusina.

Todo esto tiene algo que decirnos por estos lados.

En nuestros países el ascenso social a veces viene acompañado de una curiosa pérdida de memoria. El que llega a una posición importante olvida al compañero que compartía el escritorio; el que hizo fortuna comienza a hablar como si hubiera nacido con ella; y no falta quien esconde al pariente humilde porque no combina bien con el nuevo círculo.

Dolly Parton hizo exactamente lo contrario. Nunca dejó de ser aquella muchacha de Tennessee. Exageró su pelo, su maquillaje, su ropa y hasta aprendió a reírse de todo aquello antes que los demás. Lo único que nunca maquilló fue su origen. Quizás por eso ha durado tanto.

Jolene seguirá sonando. I Will Always Love You seguirá apareciendo con su nombre aunque muchos la recuerden primero en la voz formidable de Whitney Houston. Pero a mí me interesa más el viejo abrigo.

Porque al final la vida da muchas vueltas. Un día se puede estar abajo y otro arriba. Se puede tener mando, dinero, fama o influencia, y después perderlos. Nada de eso viene con nosotros para siempre. Lo que no debería perderse en el camino es la memoria. Dolly Parton salió de una casa donde había poco, llegó a lugares donde sobraba casi todo y nunca sintió la necesidad de borrar la distancia entre una cosa y la otra. Siguió hablando de su padre. Siguió hablando de su madre. Y siguió hablando de aquel abrigo hecho con retazos. Eso, más que la fama, es tener raíces.

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