El panóptico

Homero Luis Lajara Solá

La pregunta no es menor: ¿te vigilan o te vigilas? Ahí es donde entra la reflexión del pensador francés, Michel Foucault, quien estudió cómo el poder deja de ser visible para volverse parte de la conducta. Nacido en 1926 y fallecido en 1984, mostró que las sociedades modernas no dependen solo de órdenes o castigos, sino de mecanismos más sutiles que moldean al individuo desde dentro.

Para entenderlo, retomó una idea del filósofo y jurista inglés del siglo XVIII, Jeremy Bentham: el panóptico. Era un diseño de prisión con una torre central desde la cual un vigilante podía observar a todos los reclusos sin ser visto. Pero lo importante no era la vigilancia real, sino la posibilidad de ser observado en cualquier momento.

Esa incertidumbre hacía que cada individuo se comportara como si siempre lo estuvieran mirando. En la República dominicana de hoy se aplica con relación a la mayoría de los ciudadanos que siempre creen que su teléfono está intervenido por la gran cantidad de componentes del ecosistema nacional dedicados a esos asuntos sin control de los Estados y muchas veces hasta asociados.

Foucault llevó ese concepto de manera visionaria: explicó que ese modelo se extendió a toda la sociedad. Escuelas, hospitales, cuarteles… funcionan bajo una lógica similar. Con el tiempo, la vigilancia deja de ser externa y se convierte en interna. Ya no necesitas la torre ni el vigilante; el control se instala en la conciencia.

En el ámbito militar, esto tiene una lectura precisa. La disciplina es esencial, pero cuando se convierte en una vigilancia interior rígida, puede limitar la iniciativa y el mando. El buen uniformado no actúa por miedo a ser observado, sino por formación, honor y claridad de misión.

Ahí está el punto central: muchas decisiones no nacen del presente, sino de viejas estructuras de control que seguimos cargando, desde los tiempos de Ulises Heureaux y su telégrafo de claves de inteligencia, Trujillo, Balaguer, hasta hoy en día. Superarlas no es romper la disciplina, es elevarla. Es pasar de la obediencia condicionada a la responsabilidad consciente.

Porque el verdadero dominio no es el que se impone desde una torre invisible, sino el que se ejerce con criterio propio, sin necesidad de sentirse observado.

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