En la historia naval dominicana hay un linaje que no nació en los salones del poder, sino en el coraje doméstico convertido en acción patriótica. Allí se levanta la figura de María Baltasara de los Reyes, mujer de temple que la tradición reconoce como una de las primeras en empuñar las armas en febrero de 1844 y que, además, ocultó a Juan Pablo Duarte cuando la persecución obligaba a escoger entre el miedo y la lealtad. Su casa fue refugio, su voluntad trinchera.
Pero su legado no terminó en aquellos días iniciales de la república. María Baltasara fue madre de Juan Alejandro Acosta, considerado por diversos testimonios históricos como el primer almirante dominicano. Nacido en un ambiente donde el mar y la patria se mezclaban como destino, Acosta creció viendo a su madre actuar con la misma determinación que luego exigiría la vida militar. No heredó privilegios; heredó carácter.
Juan Alejandro Acosta sirvió en las primeras estructuras navales de la república y alcanzó rango de general de marina, equivalente en su tiempo al de almirante. Fue protagonista en la organización de las fuerzas marítimas en un país que apenas nacía y que debía proteger sus costas con más voluntad que recursos. En él se encarna el tránsito entre la lucha improvisada de la independencia y la institucionalización del poder naval dominicano.
Cuando se habla del orgullo naval, conviene recordar que antes de los reglamentos y las academias hubo hogares donde se sembró la vocación de servicio. María Baltasara no solo combatió: formó a un marino que serviría a la república en sus primeras horas de vida. Madre e hijo representan una misma línea de quilla: la del deber asumido sin ruido.
En tiempos donde se habla de tradición naval, volver a ese origen es una lección. La historia marítima dominicana no comienza solo en los arsenales ni en los puentes de mando; comienza también en una madre que enseñó a su hijo que la patria se defiende en tierra… y se guarda en el mar.



