La vida, como el mando, es esencialmente transitoria. Nada que se nos confíe —ni cargos, ni honores, ni insignias— nos pertenece para siempre. Los clásicos lo advirtieron con una claridad que hoy incomoda: la gloria no es eterna y el poder es apenas un préstamo breve que el tiempo siempre cobra.
Marco Aurelio, emperador y soldado, lo escribió sin estridencias mientras dirigía ejércitos: todo pasa, incluso quienes creen mandar para siempre.
Tucídides mostró cómo las ciudades se extravían cuando confunden el interés personal con el interés común. Cicerón recordó que la dignidad no se mide por el tiempo que se permanece en el cargo, sino por la forma en que se entra y, sobre todo, por la manera en que se sale.
En el ámbito militar, esta lección es aún más clara. El mando no es propiedad privada ni trofeo personal. Es una responsabilidad que se ejerce por un tiempo limitado y que debe entregarse sin ruido, sin nostalgia enfermiza y sin buscar recompensas tardías.
Saber retirarse es también una forma de liderazgo. Quien no entiende eso termina aferrado al pasado, opinando para mantenerse visible o buscando prebendas que desdibujan una trayectoria que pudo haber sido honorable.
Por eso es tan importante leer a los clásicos. No para citarlos, sino para comprenderlos. Ellos enseñan que el verdadero servicio no necesita aplausos ni cargos recurrentes. La mayor contribución al interés nacional es dar un paso atrás, dejar espacio y permitir que otros asuman el timón.
Hay una dignidad silenciosa en retirarse en paz. En no aparecer para buscar nada, ni siquiera reconocimiento. En saber que el deber fue cumplido y que la historia, no la coyuntura, es la que termina juzgando.
Mandar y saber irse cuando corresponde no es debilidad. Es carácter. Y ese carácter, como enseñan los viejos libros, es lo único que realmente permanece.




