Mientras “los que quieren dirigir el país bailan, brincan y saltan en Fitur, el senador Omar Fernández destina los recursos mensuales de su oficina (el cuestionado «barrilito»), ahora denominado Fondo Gadiel, a programas de salud mental a través de la Pastoral de la Salud de la Iglesia Católica, identificándose plenamente con el pueblo dominicano y sus problemáticas.
El análisis más evidente es el cambio de narrativa respecto a los fondos de asistencia social del Congreso que otorga el Congreso Nacional a los legisladores.
Al rebautizar el fondo como «Gadiel» (en honor a un niño cuya historia conmovió al senador) y destinarlo íntegramente a causas específicas cada mes, Fernández intenta despojar al recurso de su estigma de «caja chica política# o “uso discrecional opaco”.
En lugar de repartir el dinero de forma individual (clientelismo), Omar lo entrega a una institución con estructura establecida (la Pastoral de la Salud), lo que sugiere un interés por la eficiencia del gasto.
La elección de la salud mental como destino de los RD$1,059,000.00 es estratégica y oportuna, ya que informaciones destacan que 1 de cada 5 dominicanos padece trastornos mentales. En un sistema de salud pública donde la atención psicológica es precaria y costosa, este aporte aborda y suaviza una crisis real.
Al trabajar con la Pastoral de la Salud, se aprovecha la red de parroquias para llegar a sectores vulnerables, donde el acceso a psicólogos o psiquiatras es casi inexistente.
La alianza del legislador Fernández con la Iglesia Católica dominicana no es casual, ya que esta tiene presencia donde el Estado muchas veces no llega.
Un político canalizar fondos a través de una institución religiosa reduce las críticas sobre el manejo de los fondos, apoyándose en la reputación de servicio de la Pastoral y garantiza que se le dé el uso que en verdad se necesita.
No es un hecho aislado, el historial del «Fondo Gadiel» (ayuda a niños con TEA, parálisis cerebral, atletas de Olimpiadas Especiales) muestra una línea de comunicación basada en la «política humana».
Mientras otros legisladores mantienen el uso tradicional de estos fondos (clientelismo), Fernández los utiliza como una herramienta de relaciones públicas positiva, posicionándose como un político de «nueva generación» que, aunque no ha eliminado el fondo (como exigen algunos sectores), lo «devuelve» de forma tangible.
Aunque el aporte de un millón de pesos es significativo para una ONG, es una solución paliativa frente a un problema estructural. El análisis profundo sugiere que, más allá de donar el fondo, el reto del senador es impulsar desde el Congreso el fortalecimiento del marco normativo y el presupuesto nacional para salud mental (como menciona la nota).
La acción es altamente efectiva a nivel de imagen pública y ayuda comunitaria inmediata. Logra transformar un recurso político controversial en una solución directa para un sector olvidado (salud mental). Sin embargo, el impacto real a largo plazo dependerá de si esta «acción hacia las causas correctas» se traduce en leyes que obliguen al Estado a asumir esta responsabilidad de forma sistémica y no solo a través de donaciones mensuales.




