Los acontecimientos suscitados recientemente entre perredeístas de distintos bandos enfrente del local que una vez acogió a mansos y cimarrones del partido blanco, se ha convertido en la película más repetida escenificada en el país, y que ha levantado los más diversos comentarios, opiniones, chistes, y calificativos que de ninguna manera pasaron por alto entre dirigentes de otras organizaciones políticas, el pueblo mismo, la Iglesia, en fin, todos los sectores de nuestra sociedad.
Todo el que ha querido referirse al tema lo ha hecho haciendo uso excesivo de la libertad de expresión que reina en la República Dominicana.
Mucha gente que nunca opina, ni habla, ni suena no ha querido dejar escapar esta oportunidad de procurar cámara y retomar la vigencia que estos acontecimientos permiten.
La disputa por el control del PRD se les ha salido de las manos a sus dirigentes y a los tradicionales mediadores que aprovechan éstos casos para colocarse en la palestra pública como protagonistas y salvadores de causas perdidas.
Así, como muchos han opinado y externado sus considerandos sobre el acontecimiento vandálico, otros no lo han hecho al amparo de que son acciones internas de un partido político, y han querido respetar lo ocurrido que bien podría tomar prestado el título al Premio Nobel Gabriel García Márquez: “Crónica de una muerte anunciada”.
De todos los políticos que se han referido al tema, el que ha salido peor valorado ha sido el ex presidente de la República, doctor Leonel Fernández Reyna. Mi exprofesor aprovechó una maravillosa oportunidad para distanciarse y negarle la razón a quienes lo han visto como el inquisidor, el causante de los inconvenientes y malos entendidos entre perredeístas.
¡Perdón, profe, pero debió callar! No debió darle oportunidad a los que creen que usted ha metido las narices a lo interno del partido fundado por Juan Bosch. Debió callar para no echarle mas leña al fuego y para que sus palabras nunca sean usadas en su contra.
Sostengo que no debió hacer los pronunciamientos que hizo en el Altar de la Patria, porque, como buen político, sabe que en política nada se descarta, cualquier cosa puede suceder.
El, como producto de esas casualidades que ofrece esta ciencia que, a juicio de nuestro patricio Juan Pablo Duarte, “no es una especulación sino la más pura y más digna, después de la Filosofía, de ocupar las inteligencias nobles”, debió mirar un poco hacia atrás y echar un vistazo al proceso electoral de 1996, para entender lo que es la política.
Desde aquella firma por una supuesta gobernabilidad bautizada por los medios de comunicación de “las corbatas azules”, ya el nombre del expresidente de la República era a quien se tenía que señalar como causante de las desavenencias de los perredeístas.
A sabiendas de aquellos comentarios que por debajo se oían y eran eco entre los dirigentes altos, medios y de base, Fernández ahora se destapa con palabras disociadoras y que en nada contribuyen a lo pactado entre él y el presidente del partido de la silla, perdón, del jacho prendío, Miguel Vargas Maldonado.




