En nuestro medio una tragedia oblitera la vigencia de otra, por eso ya nadie recuerda la hecatombe de un vehículo de pasajeros cuyo chofer perdió su control y de manera aparatosa descendió a las procelosas aguas del mar, un aciago ejemplo que paradójicamente puede ilustrarnos en torno al atrasado modelo sanitario que nos rige. Ya tenemos mucho tiempo pregonando una supuesta seguridad social que solo ha reportado pingües beneficios a las compañías mercantiles denominadas ARS, entretanto la mayoría de los dominicanos sigue sin protección laboral, ni sanitaria.
Este chofer fue sepultado sin practicársele una autopsia, descartados los desperfectos mecánicos en la “voladora” accidentada, no tenía interés conocer los motivos humanos del accidente (claves para determinar la génesis del suceso), por suerte la fiscalía se hizo eco de un reclamo público y ordenó una necropsia que determinó sufrió un infarto al miocardio o corazón y fueron ubicados otros infartos que cursaron de manera de modo asintomático o inadvertido. Previamente se había informado que no tenía antecedentes patológicos y no creo que sus familiares trataran de desinformar.
Sencillamente como este humilde chofer pululan en nuestro medio centenares de ciudadanos compelidos a trabajar diariamente para subsistir económicamente, sin percatarse que posiblemente estén afectados por una de esas enfermedades que secretamente corroen el organismo humano y en ocasiones estallan como “bombas de tiempo” en momentos muy inoportunos como ocurrió con este infausto caso.
Todo porque la tradición sólo es asistir al médico cuando estamos enfermos, no hay una educación social en torno a la necesidad de chequeos periódicos por lo menos semestral o anual para vigilar la evolución de nuestra salud. ¿Son los ciudadanos los culpables de este descuido garrafal?
Sencillamente es nuestra sociedad, que desde antaño a la mayoría de los ciudadanos solo le permite la brecha de los hospitales públicos para que acudan cuando están enfermos, la generalidad no sólo desconoce que deben acudir a chequearse aunque no desarrollen ninguna molestia física, sino que los concientes de la importancia de los chequeos chocan con la imposibilidad de acceso a los medios sanitarios por carecer de recursos o no contar con ningún seguro médico. Hemos fomentado la insólita y detestable tradición de solo visitar al medico cuando estamos enfermos.
El chofer del accidente sigue siendo el ejemplo primordial, no se ofreció la información en torno a su afiliación a algún seguro médico, lo que acontece con la mayoría de éstos chóferes colocando en peligro no sólo sus vidas, sino la de los pasajeros de los vehículos que conducen. Tampoco puede imputársele culpabilidad al chofer fenecido porque siguió trabajando pese a sentirse enfermo como se ha denunciado. A nivel de la población profana que no recibe chequeos sanitarios periódicos, con frecuencia se estima que cualquier dolencia es una “enfermedad ligera”, y nadie se preocupa, no “le dan mente”.
Lo ilógico es que estos casos discurran desapercibidos en sus aspectos básicos y engrosen el oneroso expediente del “olvido”, porque las autoridades no asumen su deber de requerir a las diferentes rutas de transporte no sólo que sus chóferes estén inscriptos en un seguro médico, sino que acudan cada cierto tiempo a un chequeo general de su condición sanitaria aunque luzcan en óptimas condiciones de salud. Esto extensivo para todas las personas que incursionan en el inmenso mercado informal.
No es tarea fácil erradicar este añejo concepto de acudir al médico cuando estamos muy enfermos. No obstante algún día se debe comenzar y corresponde a las autoridades la tarea central, exigiendo o proporcionado a las personas que trabajan en instituciones públicas o privadas y a los que incursionan en el amplio mundo del mercado a destajo una adecuada protección sanitaria y principalmente insistir en la importancia del chequeo medico rutinario semestral o anual. De igual modo instruir a las nuevas generaciones en las escuelas de educación básica en torno a la trascendencia de los chequeos rutinarios de salud.
En los países con modelos sanitarios decentes solo con esta medida se han reducido innumerables enfermedades prevenibles, útil actividad que el hado de la desidia vernácula ha convertido en procedimiento “innecesario”. Aunque los riesgos están latentes, esperamos que el azar no permita una tragedia semejante




