Para la Asamblea General de la Organización Mundial de la Salud (OMS), sigue siendo una realidad que los Objetivos del Desarrollo del Milenio en este sector, resultan inalcanzables para la mayoría de los países del Tercer Mundo.
Informes relativos al tema expresan que a menos de 6 años del 2015, el avance ha sido muy lento para la mayoría de las metas y los principales avances en la lucha contra la pobreza y el hambre están reduciéndose, e incluso revirtiéndose, como resultado de las crisis económica y alimentaria mundial.
Para los países pobres, esta crisis se agrava con el alza de los precios, unido ello a que las naciones ricas andan morosas a la hora de cumplir su compromiso de contribuir al desarrollo, con el aporte de un 0,7% de su Producto Interno Bruto.
Claro que son los más pobres quienes se rebelan. Otras clases sociales esperan que no les toque el desbarajuste económico que trasciende fronteras y mares. Algunos especialistas observan alarmados la situación, no por lo que sucede, sino por el período que se extiende y que en el decir de muchos, puede traducirse en “nuevas oleadas de emigración”.
Por su parte, el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola “estima que por cada aumento de 1% del costo de los alimentos de base, 16 millones de personas se ven sumergidas en la inseguridad alimentaria. Lo cual significa que 1.200 millones de seres humanos podrían padecer hambre crónica de aquí a 2025”.
Si a esto se suma lo que el Fondo Monetario Internacional señala que entre un 20% y un 50% de las cosechas mundiales de maíz y de colza se desvían para elaborar carburantes. Y, encima, que los precios del petróleo suben, pues todo se agudiza sin remedios.
Especialistas se preguntan ¿cómo extrañarse de la proliferación de los motines? ¿A qué se espera para crear, por fin, un gran Fondo Mundial contra el Hambre y la desnutrición?




