“En nombre de la santísima, Augustísima e indivisible Trinidad de Dios Omnipotente: Juro y prometo por mi honor y mi conciencia, en manos de nuestro presidente Juan Pablo Duarte, cooperar con mi persona, vida y bienes a la separación definitiva del gobierno haitiano, y a implantar una República libre e independiente de toda dominación extranjera que se denominará República Dominicana, la cual tendrá su pabellón tricolor en cuartos, encarnados y azules, atravesados con una cruz blanca. Mientras tanto seremos reconocidos los Trinitarios con las palabras sacramentales: Dios, Patria y Libertad. Así lo prometo ante Dios y el mundo, si tal hago, Dios me proteja: Y de no, me lo tome en cuenta, y mis consocios me castiguen el perjurio y la traición, si los vendo”.
Con estas palabras, pronunciadas el 16 de julio de 1838, Juan Pablo Duarte y los Trinitarios asumieron un compromiso que iba mucho más allá de sus propias vidas. La República Dominicana todavía no existía. Primero nació como una idea, luego como un ideal y, finalmente, como una nación. Casi dos siglos después, ese juramento sigue haciéndonos una pregunta que no admite excusas: ¿qué estamos dispuestos a hacer hoy por la República Dominicana?
La respuesta no está en los discursos ni en los actos conmemorativos. Está en la conducta. En el ciudadano que cumple la ley, aunque nadie lo observe; en el servidor público que administra con honestidad; en el militar y el policía que comprenden que su mayor lealtad pertenece a la Constitución y a la nación; en el maestro que forma ciudadanos con valores; y en el empresario que genera riqueza sin olvidar que también tiene un compromiso con la responsabilidad social corporativa.
Los Trinitarios juraron fundar una República libre e independiente de toda dominación extranjera. Ese principio conserva plena vigencia, aunque el mundo haya cambiado. Hoy ningún país vive aislado. Dependemos del comercio, de las inversiones, de la tecnología y de grandes centros de poder económico y financiero. Esa es una realidad que no podemos ignorar. Pero precisamente por eso nuestro compromiso superior debe seguir siendo con la República Dominicana.
Integrarnos al mundo no significa renunciar a nuestros intereses nacionales; significa defenderlos con inteligencia, prudencia y sentido de Estado. Duarte apeló al honor y a la conciencia porque sabía que ninguna ley sustituye los principios. Las instituciones son indispensables, pero solo permanecen fuertes cuando quienes las integran actúan con rectitud.
Vivimos una época de grandes avances, pero también de profundas confusiones. Con demasiada frecuencia el dinero y el poder ocupan el lugar del ejemplo. Muchos jóvenes buscan orientación y encuentran ruido; buscan liderazgo y reciben mensajes que les hacen creer que el éxito justifica cualquier camino.
Por eso el Juramento Trinitario mantiene toda su fuerza. Nos recuerda que la patria no se construye únicamente desde el Gobierno. También se fortalece en un aula, en una empresa, en un cuartel, en un tribunal, en un hospital, en un medio de comunicación y en cada hogar donde se enseñe a vivir con decencia.
Los pueblos no pierden su libertad de un día para otro. Comienzan a perderla cuando el interés particular se coloca por encima del bien común y cuando el deber deja de ser una prioridad.
El mayor homenaje que podemos rendirles a Duarte y los Trinitarios no consiste en repetir su juramento cada aniversario. Consiste en vivir de acuerdo con él. Mientras existan dominicanos capaces de anteponer la patria a la conveniencia personal, la República seguirá teniendo futuro. Ese sigue siendo, casi dos siglos después, el juramento pendiente.
Related Posts
- Liderazgo policial prudente
La relación del poder político con las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional estuvo marcada,…
- Un año de prisión agente ultimó al joven Darlin Mercado
El juez del Juzgado de Atención Permanente de Santo Domingo Oeste dictó un año de prisión…
- El verdadero desafío
Cuando los romanos comenzaron a desconfiar de su clase dirigente, no salieron a buscar necesariamente…




