A propósito de una conversación reciente publicada en The New York Times entre el columnista David French y el general retirado Stanley McChrystal, me detuve a pensar en algo que la historia militar ha repetido más veces de las que queremos admitir.
En momentos de tensión, las grandes decisiones suelen contaminarse con una peligrosa ilusión: creer que esta vez será distinto.
Siempre hay una razón para pensarlo. Hoy son los drones, la precisión, la inteligencia en tiempo real. Antes fueron los bombarderos estratégicos, luego las operaciones especiales. Cambian los medios, pero no cambia el fondo.
Se insiste en la idea de que el poder aéreo puede resolver conflictos complejos. Se identifican objetivos, se golpean con eficacia, se proyecta una imagen de control. Pero lo esencial permanece intacto: la voluntad del adversario.
Eso no se bombardea.
Hay un punto que el general McChrystal deja entrever con claridad, aunque sin dramatismo: las guerras no se ganan desde la distancia. Se inician desde la distancia, sí. Pero se definen cuando el conflicto desciende al nivel humano, donde las ventajas tecnológicas se diluyen y todo se vuelve más incierto.
Ahí es donde comienzan los problemas.
También persiste otra seducción: la del golpe brillante. Operaciones precisas, casi quirúrgicas, que prometen cambiar el curso de los acontecimientos. Son atractivas porque parecen limpias, rápidas y eficaces. Pero rara vez alteran la realidad de fondo. En muchos casos, la complican.
La historia reciente está llena de ejemplos que comenzaron con éxito táctico y terminaron en escenarios prolongados, difíciles de sostener y aún más difíciles de cerrar.
En el mar, esa realidad se percibe con crudeza. No hace falta una gran confrontación para alterar el equilibrio. Basta con introducir incertidumbre. Un incidente, un ataque puntual, una amenaza constante en una vía estratégica y el sistema entero comienza a resentirse. El comercio se retrae, el riesgo se encarece y el control deja de ser una cuestión de fuerza para convertirse en una cuestión de percepción.
Eso, en esencia, es poder.
Otro elemento que suele pasarse por alto es el tiempo. Las potencias tienden a pensar en términos de ciclos políticos o militares relativamente cortos. Otros actores piensan en décadas, incluso generaciones. Lo que para unos es una operación puntual, para otros es parte de una historia larga que no empezó ayer ni terminará mañana.
Esa diferencia pesa más de lo que se reconoce.
Por eso conviene desconfiar de las soluciones rápidas. La guerra, como el mar, no perdona el exceso de confianza. Lo que parece controlado al inicio puede transformarse, sin aviso, en algo mucho más complejo.
La verdadera prueba no está en el primer golpe, sino en la capacidad de sostener lo que viene después.
Y es precisamente ahí donde, casi siempre, comienza la parte más difícil.




