Desde el puente de mando de la memoria

Homero Luis Lajara Solá, vicealmirante (r) de la Armada Dominicana

El pasado viernes en la tarde recibí una llamada telefónica que, más que una conversación, fue una singladura hacia un tiempo que parecía haber quedado fondeado en la memoria.

Del otro lado de la línea estaba el vicealmirante Néstor Julio González Díaz, quien fuera director de la Academia Naval cuando mi promoción ingresó a sus aulas el 1º de octubre de 1979. El motivo de su llamada era agradecer el envío de mi más reciente libro, Radiografía de una injusticia. Caso Lajara Burgos (1954-2019).

A sus 98 años conserva la cortesía, el protocolo y la elegancia propios de una generación de marinos para la que el uniforme representaba, antes que un privilegio, un compromiso permanente con la institución y con la patria. Mientras lo escuchaba comprendí que no conversaba únicamente con un oficial de extraordinaria trayectoria, sino con una parte viva de la memoria institucional de la Armada.

La conversación dejó pronto el libro para convertirse en una lección de cultura naval. Desfilaron Sócrates, Alejandro Magno, los grandes clásicos, la historia marítima y las tradiciones navales, no como una demostración de erudición, sino como la expresión natural de una vida dedicada al estudio.

Entonces confirmé una convicción: ninguna Armada puede aspirar a la excelencia sin oficiales con auténtica vocación formadora. El liderazgo no nace de los reglamentos; se cultiva con el ejemplo, la disciplina, la lectura y el amor por la profesión.

A partir de ahí, los recuerdos comenzaron a navegar con la misma naturalidad. Evocó la Misión Naval a España de 1954 y la imagen de profesionalismo proyectada por mi padre, el entonces contralmirante Luis Homero Lajara Burgos, durante aquella histórica travesía. Con una memoria admirable recordó discursos, anécdotas y testimonios transmitidos por quienes participaron o fueron testigos directos de aquella expedición que marcó un hito para la Marina de Guerra.

Con igual emoción afirmó que, junto a los almirantes Ramón Julio Didiez Burgos y Luis Homero Lajara Burgos, el comandante John Percival ocupa un lugar privilegiado entre los grandes precursores de la Marina de Guerra que, con el paso de los años, evolucionaría hasta convertirse en la actual Armada de República Dominicana.

La conversación continuó con nuevos recuerdos. Habló de sus viajes de formación a Europa bajo el mando del comandante Percival y de las tertulias literarias celebradas en la residencia de su padre cuando el comandante Lajara Burgos comandaba la corbeta C-105 en San Pedro de Macorís. Recordó su afición por la poesía, sus condiciones de declamador y la convicción de que la preparación intelectual constituía una de las mejores inversiones para cualquier oficial de marina.

Al concluir la llamada permanecí largo rato en silencio. Sentí que acababa de conversar con uno de esos viejos lobos de mar cuya bitácora conserva rumbos que ningún archivo oficial registra por completo. Comprendí, una vez más, que las instituciones no permanecen vivas solamente por sus leyes, sus buques o sus instalaciones. Su verdadera fortaleza reside en la capacidad de transmitir su cultura, sus tradiciones y sus valores de una generación a otra.

Así han construido su prestigio las grandes Marinas de Guerra y Armadas  del mundo. Su principal patrimonio no descansa únicamente en el poder de sus unidades navales, sino en una identidad institucional cuidadosamente preservada, donde el honor, la dignidad, la cortesía, el estudio permanente y el compromiso con el servicio constituyen el verdadero norte.

Ojalá las nuevas generaciones de oficiales tengan la oportunidad de escuchar con frecuencia voces como la del vicealmirante Néstor Julio González Díaz. En ellas navega una experiencia que no aparece en los manuales y un legado que ninguna tecnología podrá reemplazar.

Aquella llamada duró apenas unos minutos. Su enseñanza, en cambio, permanecerá por mucho tiempo. Mientras existan marinos capaces de transmitir con esa lucidez la memoria de la institución, la Armada conservará siempre el mejor de sus patrimonios: su identidad.

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