Preparados para huir de las inundaciones

Santo Domingo.- Los dominicanos que viven junto al Ozama, el río que atraviesa Santo Domingo, saben que cuando empieza la temporada de huracanes deben prepararse para lo peor. Por eso han puesto en marcha un plan para aprender a actuar con rapidez, y a huir, si es necesario, cuando lleguen las tormentas e inundaciones.

Sus casas de zinc y madera se caen a pedazos en medio de la basura, junto a la orilla. Cuando llueve con fuerza, el río crece, las cañadas se desbordan y todo se inunda, así que no tienen más remedio que correr a un lugar seguro.

Desde hace unos años, cerca de 250.000 personas que viven en la orilla oeste del Ozama han aprendido cómo actuar si llega una emergencia gracias a programas como los que desarrolla el Instituto Dominicano de Desarrollo Integral (IDDI), una organización no gubernamental local.

La última fase del proyecto, desarrollada en los barrios de Guachupita, Los Guandules y La Ciénaga, estableció una serie de mecanismos de seguridad que permiten a los vecinos saber cuándo y por dónde tienen que huir si se presenta un desbordamiento.

Tras completar esta fase del proyecto, auspiciada por la Unión Europea (UE) y entidades como Intermon Oxfam y en la que se han empleado 470.000 euros, el IDDI quiere ahora empezar a trabajar en la otra orilla del río.

Rutas señalizadas, alarmas, semáforos que indican el grado de peligro, muros de contención…toda una serie de instrumentos puestos a disposición de los 11.600 vecinos más directamente afectados, pobres de solemnidad, cuyas casuchas se amontonan en la orilla.

Santa Sánchez, coordinadora del proyecto, llamado "Preparación barrial para la reducción de la vulnerabilidad", explicó a Efe algunos de los sistemas puestos en marcha para ayudar a los vecinos en caso de inundación.

Uno de ellos es un rudimentario semáforo pintado sobre los restos de un muro, a poca distancia del suelo, que indica el grado de peligro en función del nivel que alcance el agua.

"Si el río empieza a subir y llega al nivel amarillo hay que mantenerse alerta y prepararse", explicó, "y cuando ya llega al rojo significa que, ante posibles emergencias hay que ir a un albergue o a un lugar más alto y seguro para proteger la vida".

En un lugar bien visible, en un punto elevado de La Ciénaga, otro semáforo, éste con luces de verdad, alerta, en caso de emergencia, a los vecinos, que ya están familiarizados con el proceso de evacuación, explicado en grandes carteles.

De igual modo, las rutas de escape se pueden localizar con rapidez gracias a vistosas señales repartidas por casi todas las esquinas de las angostas callejas.

La cañada Bonavides, un apestoso canal por el que circulan aguas putrefactas y toda la basura imaginable -desde restos de comida hasta colchones viejos- separa La Ciénaga y Los Guandules, dentro de la zona de influencia del proyecto impulsado por el IDDI.

Cuando la lluvia es más intensa, a la crecida del río se suma casi siempre el desbordamiento de este inmundo cauce, cuyas contaminadas aguas inundan todas las viviendas situadas junto a él.

Los técnicos del proyecto han instalado en una de las casas una alarma que miembros de los Comités Comunitarios de Emergencia hacen sonar en caso de inundación para que los vecinos corran a ponerse a salvo.

Al igual que La Ciénaga y Los Guandules, Guachupita ha sufrido en numerosas ocasiones los efectos de las temibles tormentas tropicales. Entre los más peligrosos están los deslizamientos de terreno, como el que el año pasado costó la vida a seis niños y dos adultos cuya casa fue aplastada por grandes rocas mientras dormían.

Aunque algunos vecinos han sido trasladados a otras viviendas, "aquí siguen ocurriendo deslizamientos y todas las personas que viven en esta zona están en condiciones de vulnerabilidad y de riesgo ante los posibles problemas que se presenten", explica Sánchez.

En el lugar donde se produjo el trágico suceso, no hay más que mirar a lo alto y ver otras casuchas en el borde del precipicio para comprender que el peligro se mantiene al acecho.

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