El comando

Homero Luis Lajara Solá

Hay libros que no se limitan a instruir; forman criterio. Command at Sea (El mando en el mar) fue uno de ellos para mí. Durante mi curso de Estado Mayor Naval en Newport comprendí que el mando no es un atributo del rango, sino una disciplina del espíritu. Aquella obra me acompañó como una bitácora de navegación y, con los años, confirmé en la mar muchas de sus lecciones.

Comandar es mucho más que dirigir una unidad. Es asumir, en silencio, el peso de decisiones que afectan a otros. En el puente de un buque se aprende que la autoridad no descansa en la voz que ordena, sino en la confianza que inspira. Esa confianza nace del estudio, del ejemplo y del dominio sereno de uno mismo.

La lectura tiene allí un papel decisivo. Un oficial que lee aprende a prever, a discernir y a comprender que toda maniobra tiene consecuencias. Ningún instrumento sustituye el juicio. Ninguna tecnología reemplaza el carácter.

A los jóvenes les diría que el liderazgo no surge de la impaciencia. Como el amanecer sobre cubierta, aparece por grados. Se forja en cada guardia, en cada corrección de rumbo, en cada error asumido con humildad. El mar enseña que precipitarse conduce al varadero; pensar a tiempo preserva el rumbo.

También fuera de lo naval esta lección conserva vigencia. En el gobierno, en la empresa o en cualquier institución, mandar exige unir competencia con prudencia, firmeza con humanidad.

La dotación siempre observa más los gestos que los discursos. Un jefe puede imponer obediencia; solo un verdadero comandante inspira lealtad.

Por eso mando y lectura van unidos. Uno da responsabilidad; la otra profundidad. Cuando ambas convergen nace un liderazgo duradero, capaz de servir de faro en tiempos de niebla. Esa sigue siendo, para mí, una de las grandes lecciones del mar.

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