Memorias de mar

“Per aspera ad astra” (A través de las dificultades, hacia las estrellas).

Hay fechas que se sienten como el oleaje en la quilla. El 15 de abril de 1844 es una de ellas. Bajo el tridente de Neptuno, la República recuerda que su destino no se define únicamente en la tierra, sino también en esa franja azul donde comienza una exigente responsabilidad de defensa de nuestras costas y el mar territorial.

Hace 182 años, en los mares del sur, nuestra flotilla derrotó a la haitiana en la batalla de Tortuguero. Allí se ganó un combate trazando un rumbo que aún nos obliga a seguirlo.

Desde aquel amanecer, la Armada ha sostenido su estación como buque en guardia permanente. No ha sido una travesía cómoda. Las corrientes políticas, los vientos y las mareas sociales se han movido en direcciones diversas, pero la proa —con sus interregnos— se ha mantenido firme. Porque en la mar se navega con carácter.

El almirante italiano Juan Bautista Cambiaso comandó en las horas decisivas de 1844, en los años posteriores y dejó una concepción naval que trascendió el momento. A su vera, Juan Alejandro Acosta, primer almirante dominicano, consolidó la continuidad del mando, al igual que Juan Bautista Maggiolo: pilares sobre los que descansa nuestra tradición, la que no ha estado exenta de marejadas.

La Armada ha debido operar, en distintos períodos, con escasas embarcaciones, sobrepasando su vida útil, y aun así continuó cumpliendo una misión que no admite demoras. El mar no concede prórrogas.

En las singladuras de la Tercera República, otros almirantes asumieron el timón en aguas complejas con una flota compuesta por modernos buques tipo destructores, fragatas, corbetas y patrulleros. Los almirantes Ramón Julio Didiez Burgos, César de Windt Lavandier y Luis Homero Lajara Burgos —junto a otros grandes marinos— procuraron mantener la estabilidad institucional cuando el entorno exigía firmeza, sacrificio y visión de futuro.

A finales del siglo XX se sumaron los dignos almirantes y ministros de Defensa Iván Vargas Céspedes y Rubén Paulino Álvarez junto a otros cuyas obras no figuran en la superficie, pero sostienen la profundidad.

En 2000 se trazó un rumbo claro con el poco mencionado Proyecto Centinela del Mar, el que reconocía la necesidad impostergable de modernizar la flota. Sin embargo, la travesía quedó inconclusa y los años comenzaron a sentirse en los cascos, en los sistemas y en la capacidad operativa.

Hoy se perciben señales de ajuste de rumbo. Proyectos estratégicos que permanecieron más de una década varados comienzan a retomarse. La anunciada adquisición de modernos patrulleros en Portugal apunta a recuperar una presencia efectiva en nuestros espacios marítimos…el tiempo dirá.

Modernizar es incorporar buques,—incluyendo el armamento— y reconstruir la capacidad: tripulaciones formadas, mantenimiento sostenido, logística eficiente y una visión que no dependa de coyunturas. Porque una Armada no se improvisa; se forja.

Loor a nuestros marinos que han cumplido su guardia —en ocasiones sin el relevo ideal—, que salieron al mar con recursos limitados y sostuvieron la moral en condiciones adversas. A los que no abandonaron sus puestos ni negociaron sus deberes; a los que entendieron que servir en la mar es servir a la República.

Porque al final, cuando se disipan las tormentas y se apagan los ruidos del poder, lo que permanece es la estela de los leales viejos lobos de mar: aquellos que nunca han denigrado a las instituciones ni han buscado protagonismo en la crítica fácil.

Son los que prefieren seguir preservando los símbolos, las tradiciones y la cadena cuyos eslabones jamás deben volver a romperse. En ellos descansa el gallardete de la dignidad de una Armada que no es coyuntura, sino vocación permanente.

Porque mientras exista ese espíritu de cortesía y disciplina, consciente de su ineludible deber de respetar la Constitución y las leyes, la Armada seguirá siendo lo que siempre ha debido ser, empavesada de orgullo naval: una profesión honorable.

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