Muchos han comentado —y con razón— que fue, para mí también, uno de los desfiles militares más organizados y planificados que se recuerden.
No se trató solo de marcialidad o de uniformes impecables, sino de algo más profundo: la perfecta formación geométrica, la sincronización milimétrica y la disciplina colectiva que hablan sin palabras del nivel de preparación alcanzado.
Cada escuadra (militar, naval y aérea) avanzó con precisión matemática; cada giro fue ejecutado con exactitud; cada intervalo respetado como si se tratara de una partitura.
Esa armonía no nace de la improvisación, sino del entrenamiento constante, del liderazgo firme y del orgullo institucional bien entendido.
Cuando la geometría del orden cerrado se funde con el espíritu de cuerpo, lo que el público presencia no es solo un desfile: es la expresión visible de cuerpos militares cohesionados, conscientes de su rol histórico y de su compromiso con la Nación.
Ese tipo de demostración fortalece la confianza ciudadana y eleva la moral interna.
Porque detrás de cada paso sincronizado hay horas de ensayo, exigencia y sentido del deber. Y eso, en cualquier fuerza armada, es motivo legítimo de orgullo.
Felicitaciones a los mandos actuales y sobre todo a los oficiales y valiosos alistados que participaron en ese mango desfile militar.
¡Todos somos uno!




