Pensar la patria

“Sed justos lo primero, si queréis ser felices”. —Juan Pablo Duarte—

Cada 27 de febrero conviene hacer una pausa y preguntarnos qué significa ser dominicano. La independencia nacional no fue un arrebato ni una consigna pasajera, sino la decisión de romper el yugo opresor haitiano. Esa responsabilidad no se agotó en 1844. Sigue vigente y se renueva en la conducta diaria de sus ciudadanos y en el comportamiento constante de sus dirigentes.

El general Juan Pablo Duarte, el forjador de la nación dominicana y los demás próceres, comprendieron que la libertad solo se sostiene con orden, ley y trabajo. No imaginaron improvisaciones, sino un proyecto de nación. La patria, para ellos, era una obra que debía construirse con instituciones firmes y con hombres y mujeres conscientes de sus deberes, antes que sus derechos. Ese ideal todavía nos convoca.

Los símbolos patrios no son ornamentos del calendario. Constituyen el recordatorio de un compromiso permanente. Honrarlos no consiste en evocarlos en fechas señaladas, sino en vivir conforme a lo que representan: respeto a las normas, vocación de servicio y visión de conjunto.

La república se cuida con conducta, no con consignas. Se fortalece cuando cada cual cumple su papel con seriedad, desde el hogar, la administración pública y el sector privado.

En nuestro tiempo, pensar la soberanía implica también comprender la importancia del resguardo efectivo de las fronteras. Un Estado que no controla con firmeza y humanidad su territorio pierde capacidad de decisión.

La gestión migratoria, como toda política pública sensible, exige equilibrio: firmeza en la ley con respeto a la dignidad humana. No es asunto de coyunturas ni de reacciones emocionales, sino de planificación, coordinación institucional y visión de futuro.

La gobernabilidad se debilita cuando las decisiones se subordinan al barómetro electoral, al cumplimiento de compromisos de campaña y al repentismo provocado por las redes sociales. Gobernar no puede reducirse a satisfacer expectativas momentáneas ni a sostener popularidades.

Se administra dinero que pertenece al contribuyente, y ese hecho debería bastar para imponer prudencia, eficiencia y transparencia. Cada recurso mal utilizado limita la capacidad del Estado para cumplir su función y erosiona la confianza ciudadana.

Una república requiere una estrategia nacional coherente que articule economía, educación, seguridad, salud e institucionalidad.

El país ha crecido en varios frentes, pero aún demanda continuidad y planificación. Se trata de consolidar políticas que trasciendan períodos de gobierno y que mantengan el rumbo aun en medio de presiones diversas.

La administración eficiente del gasto público es, en sí misma, un acto de respeto hacia la nación. Cada peso invertido con criterio fortalece la estabilidad; cada centavo malgastado la debilita. La eficiencia no es un tecnicismo, es una forma de patriotismo. Cuando la gestión pública se orienta al bien común y no al cálculo inmediato, se gana solidez y la sociedad lo percibe.

A los dominicanos nos corresponde asumir que la independencia no es una herencia inmóvil. Se preserva con formación, disciplina y criterios racionales. Por eso, conocer la historia y entender cómo se construyen las naciones es preparación.

Pensar la patria es, en definitiva, en este 182º aniversario de la Independencia Nacional y siempre, un ejercicio de desempeño responsable. No basta con evocarla en fechas solemnes. Hay que cuidarla con coherencia entre lo que se promete y lo que se hace.

La libertad no se mantiene por inercia. Se preserva con carácter, con mesura y con un compromiso que trascienda la coyuntura. Cada generación recibe el timón por un tiempo breve. Lo importante es entregarlo, al final de la guardia, con la república más firme de cómo se recibió.

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