La lucha contra amenazas a la humanidad que, aunque a veces se presentan con “tentáculos” aparentemente inofensivos o hasta seductores —como el narcotráfico— exige algo más que operativos aislados: requiere unidad nacional real.
El narcotráfico no solo trafica sustancias; trafica dinero, voluntades, silencios y debilidades institucionales. Se infiltra donde hay fragmentación, rivalidades políticas o falta de coordinación entre las agencias del Estado. Por eso, cuando una nación actúa dividida, el crimen organizado avanza. Cuando actúa unida, retrocede.

La respuesta efectiva no depende únicamente de las fuerzas de seguridad. Implica la coordinación entre instituciones civiles y militares, el sistema judicial, el sector empresarial, los medios de comunicación y la sociedad en su conjunto. Cada eslabón que falla abre un espacio que el crimen ocupa con rapidez.
También exige prudencia comunicacional y sentido estratégico. La verdadera fortaleza está en la constancia operativa, la inteligencia compartida y la cooperación internacional bien conducida.
Frente a amenazas que operan en red, la respuesta no puede ser fragmentada. Unidad de propósito, discreción en la acción y firmeza institucional son los pilares. No se trata de protagonismos, sino de resultados sostenidos en el tiempo.
Al final, la defensa de la sociedad frente a estas redes requiere una convicción común: entender que no es una lucha de un organismo o de un gobierno de turno, sino de toda la nación que requiere unidad de propósito. Solo así se le cierran los espacios a esos tentáculos que, por más “amables” que parezcan en la superficie, siempre terminan asfixiando donde logran aferrarse.




