En la mar, el mando no se mide solo por la capacidad de dar órdenes, sino por la prudencia con que se preserva la moral de la tripulación y el prestigio del buque. En tierra ocurre lo mismo con los organismos sensibles del Estado, especialmente aquellos que combaten el narcotráfico y el crimen organizado: su fortaleza depende tanto de la eficacia operativa como de la discreción con que se manejan sus crisis.
El oficial que ocupa posiciones de mando debe entender que toda situación que afecte a estas instituciones exige mesura, serenidad y un sentido elevado de responsabilidad.
Llevar los asuntos delicados al plano político o al oportunismo de grupos puede debilitar la estructura que debe permanecer firme ante el crimen organizado. Lo que se ventila sin cálculo en la plaza pública, el adversario —en este caso del lado oscuro— lo capitaliza en silencio.
Actuar con cautela no significa encubrir ni renunciar al rigor. Al contrario: implica aplicar correctivos con precisión, como el censor romano que vigilaba la conducta sin estridencias, preservando la autoridad de la república. Las medidas deben tomarse con la contundencia que los hechos ameriten, pero con el temple necesario para no erosionar la confianza en la institución ni en la cadena de mando.
La prevención es la primera línea de defensa del liderazgo. Anticipar, depurar, corregir a tiempo y comunicar con sobriedad son deberes del mando responsable.
En estas aguas, la imprudencia es tan peligrosa como la inacción. El líder civil o militar que comprende esto gobierna con firmeza, pero también con silencio estratégico, sabiendo que el prestigio institucional es un activo que se construye durante décadas y puede perderse en un instante de ligereza.




