La semana pasada publiqué un articulo que se titulaba Cartas desde una isla indultada.
Varios lectores, en su mayoría firmaban con nombres masculinos; unos verdaderos cobardes, no dan las caras, andan tal y como se manejan en su vida diaria, con una careta para no ser identificados ,hicieron comentarios calumniados, porque todo aquel que conoce mi trayectoria sabe que soy madre de dos perlas de hijos, uno de 19 años, ejemplo en la sociedad y donde le ha tocado estudiar al otro lado del pacifico, con un comportamiento intachable y mí hija, de 22 años, haciendo carrera Judicial donde se desempeña como secretaria de una fiscalia en nuestro país, hace algún tiempo y por cuyo talento está ahí y partirá a buscar nuevos conocimientos a una universidad europea, luego de ostentar a su edad el titulo de Licenciada en Derecho.
Indecorosamente, me mencionan mi madre y expresan un sincero deseo por mi muerte; otro, firmando como “el charle de Bonao”, me quiere mandar al peor de los círculos al infierno.
Pero, en esta isla una aprende a vivir en medio de la crítica. Es que las aguas de la transparencia y las denuncias son turbulentas, irreverentes y conflictivas, cuestionan, y confrontan, desordenan viejos imaginarios, viejas creencias y ordenamientos de comportamientos sociales y políticos.
Cada vez que nos atrevemos a escribir los que aqueja a una sociedad, lo que les duele, lo que les desangra el sentimiento de amor a una patria que ha sido devastada desde hace varios años por la inescrupulosidad. Cada vez que tocamos con nuestras líneas los sentimientos de los patriarcas que dirigen, somos agredidas anónimamente, escritos anónimos y llamadas telefónicas amenazantes.
Cada vez que nombramos la discriminación social, la discriminación hacia las mujeres o la permanencia del sexismo como peste moderna; en fin, cuando simplemente defendemos de manera vehemente, nunca agresiva, los más elementales derechos de la sociedad en conjunto, nos cae encima una lluvia de críticas patriarcales rabiosas. En mi caso, he aprendido a considerar normales en un país aún tan conservador, tan decimonónico.
Me han dicho de todo. Desde críticas inteligentes y sanas, que enriquecen y nutren la reflexión, hasta las más burdas y vulgares, que entristecen por develar de manera tan pobre este patriarcado inmóvil y enfermo, que no soporta el debate, ni aguanta mínimos requerimientos de una modernidad que por fin cumpla sus promesas con la sociedad, con los espacios no solamente de las mujeres si no de toda la sociedad, cada vez más pobre, más desigual y con menos oportunidades.
Y los que más molesta es cuando son expresados estos requerimientos por una mujer,
mandan a una a buscarse un macho bien dotado, como antídoto garantizado contra el feminismo.
Me tildan de feminista patética y amargada, mujer insatisfecha y frígida, me llaman hija de esa existencialista “puta”.
Pero, realmente las críticas nos ayudan a trazar nuevas rutas, para centrar mejor nuestras preocupaciones relativas a los cambios culturales y sociales.
En lugar de desesperarnos por la lentitud de los cambios, nos recuerdan que son procesos, que tienen una larga duración y que lo imposible para volverse posible tarda, toma algún tiempo; pero, que si perseveramos, las cosas algún día tendrán que cambiar, porque quien las necesita es la mayoría. Esa mayoría desprovista de la esperanza de lo más mínimo.
Pero, me tranquilizo porque los relevos generacionales: mis hijas, las hijas y las nietas de mis amigas, los hijos y los nietos, y de hecho no a través de la política porque ya la mayoría no creen en la política ni en los políticos, si no formando ellos grupos, asociaciones y frentes, como fue la manifestación de días pasados, donde un grupo de jóvenes de menos de 25 años dijo el lema: “toi jarto”. Están ya asumiendo esta tarea de construir otros mundos posibles para todos y para todas.
Si por estos medios recibimos críticas e insultos y amenazas telefónicas, cuando lo único que buscamos es participar en la construcción de un país y de una democracia que no se quede en el papel. Menos mal que hemos aprendido a vivir en medio de este patriarcado rabioso, sin que esto nos quite un poco de vehemencia o de decisión. No importa que el miedo a veces nos asalte y nos recuerden nuestra inmensa, pero digna fragilidad.




