DominicanosHoy continúa ofreciendo a sus lectores la publicación de un ciclo de relatos sobre la vida y obra del Generalísimo Máximo Gómez, contados en primera persona, según texto íntegro tomado del libro Máximo Gómez, el Viejo Mambí, de la escritora Mercedes Alonso Romero.
La integración de los factores formativos y la realización plena del individuo como componente activo y principal de un proceso revolucionario e inmerso, a la vez, en un ambiente y macroambiente de transformaciones, definen en la personalidad del general Gómez, normas de conducta y valores éticos que constituyeron la piedra angular de su comportamiento.
En la comprensión de estos valores encontramos justamente el sentido de su vida y en consonancia el fundamento de sus actos. Máximo Gómez parte de sí mismo, de su concepción del deber que lo nutre para entregarse incondicionalmente a lo que él consideraba las razones de su existencia: “La familia, la sociedad y mis hermanos los hombres”.
No hay nada más allá que no sea desprendimiento total, un afán de luchar por la libertad y el progreso de los pueblos y por la satisfacción de los intereses de los grupos y sectores preteridos de la sociedad. La esencia de sus postulados éticos reside en su humanismo y en torno a ese ideal define sus proyecciones: “Yo no vine aquí a luchar por este pueblo microscópico – decía refiriéndose a su accionar en Cuba- yo vine a luchar y a pelear aquí, porque creí que peleaba por la humanidad”.
Para Gómez estaba clara la razón de la existencia del hombre como ser social. El hombre indiferente ante los dolores de su patria o que especulara con ellos merecía, a su juicio, el desprecio del mundo:
“Ningún cubano se pertenece mientras Cuba permanezca esclava”. El sentido de pertenencia como individuo en todos sus escritos quedaba subordinado a los intereses de la sociedad. Sus consejos, en ese sentido, fueron bastante reveladores:
Sobre la base de su sentido de la vida, Máximo Gómez definió el sentido de la muerte: “La muerte de un hombre, en realidad, no es nada sorprendente ni poco ni mucho sensible a no ser por la falta que hace a la sociedad, a quien se debe, y por el recuerdo amado de sus virtudes y hombría de bien que deja entre los suyos con su eterna ausencia”.
Consejero de la más pura moral como lo definiera Castellanos, se preocupó por enseñarles a sus hijos que “la mejor de todas las religiones es la del deber”. En una carta dirigida a Manana el 10 de mayo de 1886, le recordaba que los sábados en la noche y los domingos por la mañana debía ponerlos a leer dos páginas de un libro de educación escrito por un moralista: “Una vez le toca a Clemencia leer -advertía- y que los demás se pongan a oír con mucho cuidado, después otra vez le toca a Panchito y después Maxito, así y de ese modo no solamente aprenden nuestro idioma, sino que insensiblemente se instruyen”.
No dejó de preocuparse tampoco por la educación de su hija Ignacia Gómez y Castillo, a quien le enviara en una ocasión dos ejemplares de la novela Cecilia Valdés escrita por Cirilo Villaverde. Junto a los libros iba una carta en la que le explicaba la importancia de su lectura: “es pues puramente histórica, conocerás algo, quizás mucho de la historia del país al que me encuentro ligado”.
Señalaba Griñán Peralta que al juzgar por las apariencias “nadie hubiera podido pensar que de esta vida casi patriarcal pudiera sacarle Martí cuando fue allí a ofrecerle la jefatura del futuro Ejército Libertador de Cuba”.
Olvidaba, tal vez, el citado autor, que en 1884 el General abandonó a su familia para incorporarse a la dirección del movimiento revolucionario, convaleciente aún de un fuerte ataque de pulmonía; a Manana y dos de sus hijas enfermas y para colmo de males acababa de perder a su hija Margarita.
Nadie mejor que el propio Gómez para explicar ese comportamiento: “He dado la espalda a mi hogar -apuntaba en su diario en 1894- Sacrificio semejante no lo puedo comentar, pues cuando se llena el deber cumpliendo la palabra empeñada, es necesario, para no volver atrás en asunto tan serio es preciso ahogar los latidos del corazón”.
Ese sentimiento del deber le permitió superar incomprensiones y vencer múltiples dificultades. No importó, por ejemplo, que al terminar la Guerra de los Diez Años, parte de la emigración cubana lo responsabilizara de la firma del Pacto del Zanjón; llegando, incluso, a colmarlo de diatribas; bastó el llamado de los clubes cubanos en el exterior y fundamentalmente del general Antonio Maceo, para que se incorporara y asumiera la dirección del nuevo movimiento.




