La cultura de la incultura

¿Agoniza la civilización de la cultura para dar paso al predominio y a la masificación del espectáculo como sustituto de ella? ¿Pueden millones de personas estar al mismo nivel en el paradigma de aceptación social que nos define a todos como individuos iguales en el nuevo orden de la globalización de la cultura “light”, aquella que nos enseña el precio de todo y el valor de nada? ¿O está a punto de desaparecer la cultura tradicional en nuestros días?

Las preguntas vienen al pecho ante las cuestiones que plantea la reciente publicación del laureado escritor hispano-peruano, Mario Vargas Llosa, intitulada La Civilización del Espectáculo. En la misma, el autor de La Fiesta del Chivo realiza una radiografía precisa de la banalización de las artes y la literatura, el triunfo del periodismo amarillista y la frivolidad de la política como síntomas de un mal mayor que aqueja a la sociedad contemporánea.

Según el autor, los que venimos del siglo pasado, y un poco antes, observamos con recelo la idea temeraria de convertir en bien supremo nuestra natural propensión a divertirnos. En el pasado, la cultura fue una especie de conciencia que impedía dar la espalda a la realidad. Hoy día, y en sentido inverso, la misma está siendo desplazada por el afán del inmediatismo espectacular, mayormente en los medios de comunicación en general.

Sin embargo, ahora ello actúa como un mecanismo de distracción y entretenimiento. La figura del intelectual, que estructuró todo el siglo XX, hoy casi ha desaparecido del debate público. Aunque algunos firmen manifiestos o participen en polémicas, lo cierto es que su repercusión en la sociedad es mínima. Conscientes de su situación, algunos han optado por el discreto silencio. Y es que ya la cultura no es asunto de élite, sino de masas.

Y no es para menos. La cultura de los “paparazzi” ha ganado terreno. La realidad es que al presente los “talk show”, las estrellas de los deportes, Lady Caca, Ophra, Ronaldiño, Shakira, Kobe Bryant, Los Dueños del Circo o La Comay en Puerto Rico, generan más atención y audiencia que T.S. Eliot, Voltaire, Freud, Nietzsche o Steiner, todo en aras de la imperial audiencia visual.

A medida que se desintegra la familia, la cultura va perdiendo relevancia. Aunque vivimos la era del conocimientos, según algunos fabuladores, la cultura es algo muy diferente. Cultura no es sólo la suma de diversas actividades, sino un estilo de vida, una manera de ser en lo que las formas importan tanto como el contenido.

El conocimiento tiene que ver con la evolución de la técnica y las ciencias, mientras que la cultura es algo anterior al conocimiento, una propensión del espíritu, una sensibilidad y un cultivo de la forma que da sentido y orientación a los conocimientos. Al menos, así era hasta mediados del siglo XX gracias a los aportes del judeo-cristianismo.
Las corrientes actuales apuntan hacia otra dirección. Ser globalizado hasta la obsesión. Hacia la producción de la mercancía y el consumo. Hacia el culto fetichista de poseer, tener lo que está de moda para estar “in”, ser dueño de objetos, reificar o cosificar al individuo. Inundarlo de objetos, algunos a veces inútiles o superfluos, vaciando su vida interior de inquietudes sociales, aislándolo, destruyendo su conciencia de los otros y de si mismo.

Esta cultura de masa igualitaria viene creando, por primera vez en la historia, el eclipse progresivo de las fronteras, por obra de los mercados, la revolución científica y tecnológica, sobre todo en el campo de las comunicaciones, y unos patrones culturales en los cinco continentes que acercan, igualan a los individuos pese a las distintas creencias, tradiciones y lenguas que les son propias.

Dicha cultura, según algunos autores, nace y se alimenta del predominio de la imagen y el sonido sobre la palabra, es decir, con la pantalla y teniendo como caballo de batalla las películas o la industria del cine y la revolución audiovisual. Tome por ejemplo el fenómeno de las novelas televisadas.

Ya no se trata de pintura o escultura, música o danza clásica, ni de filosofía y humanidades en general. Lo que está de moda ahora son películas, programas de televisión, videojuegos, mangas, conciertos rock, pop o rap, videos o tabletas y las industrias que las producen y promueven. Es decir, las diversiones del gran público que sustituyen, y terminaran por acabar con la cultura del pasado.

¿Está usted preparado para ello? Las mercancías han pasado a ser los verdaderos dueños y amos de la vida de los seres humanos, y pretenden sustituir lo auténtico y genuino por lo artificial y lo falso, envuelto en el papel de celofán del espectáculo y el afán de pasarla bien a toda costa. El consumidor actual es uno de ilusiones. Lo demás, no importa. Lo que vale es la marca y el lujo.

Por ejemplo, el perfecto turista de hoy ya no visita museos ni monumentos. Su ilusión es comer pasta, bailar una tarantela en Italia, aplaudir el flamenco y el cante jondo en Andalucía, probar los escargots y asistir al Louvre y a una función del Folies Bergére en París. La palabra escrita se jodió. Y no podrá salvarla ni el Espíritu Santo porque las horas han perdido su reloj.

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