Cuando le pregunté a mi padre si quienes participaron en el asesinato de Trujillo eran valientes, respondió: “Requería valor tan solo pensar en matar a Trujillo”.
Entre 1963 y 1965 un grupo de militares —algunos hijos de figuras prominentes de la tiranía— protagonizó el primer parto democrático del siglo XX dominicano marcando una ruptura en la conciencia institucional.
Esta reflexión sirve de antesala al comentario sobre la obra del general e intelectual, José Miguel Soto Jiménez “Los muchachos de la democracia”, cuya puesta en circulación contó con el aval de parte del liderazgo político de esos tiempos.
En ella se percibe un esfuerzo por fijar una memoria desde dentro, con las complejidades propias de quien fue actor y testigo.
Desde inicios de los 90s existían habladurías y dudas, pero el movimiento de Los Coroneles fue una realidad. Durante mi estadía en el curso de Estado Mayor en Newport, Rhode Island, desde mediados de 1993 hasta julio de 1994, escuché rumores sobre coroneles involucrados en política.
A mi regreso estuve destinado durante un tiempo como comandante de un buque tipo guardacostas surto en el puerto de Manzanillo, Montecristi y luego fui ayudante del secretario de Estado de las FF.AA. hasta 1999. Durante ese período volví a oír los mismos rumores.
El tiempo y los relatos darán al lector el insumo para hacer su propio juicio de valor sobre si aquellas elecciones presidenciales de 1990 y 1994 se celebraron apegadas a la voluntad popular y si “los muchachos de la democracia” tenían el liderazgo, el poder de fuego y la potencia de combate para inclinar la balanza en favor de lo que creían correcto.
En estos tiempos ásperos, donde a veces la obediencia mecánica parece imponerse sobre la Constitución y las leyes, resulta pertinente valorar aquellas decisiones —coincidiendo o no con ellas— como actos de responsabilidad histórica.
Hubo un momento en el que impedir la prolongación de un régimen, aun reconociendo ciertos aportes y lamentando la sangre derramada por razones que exceden a este ensayo, se convirtió para algunos en una necesidad que el propio liderazgo no supo advertir a tiempo.
El mérito del libro reside en lo que provoca: la posibilidad de contrastar versiones. Para quienes aspiramos a interpretar la historia con rigor, la obra debe leerse sin prejuicios ni juicios de valor descalificadores sobre sus protagonistas, concentrándose en el valor testimonial del relato. Serán el tiempo y las voces del otro lado del teatro de operaciones quienes terminen de completar el cuadro.
Se debe medir lo que se dice y lo que se escribe por responsabilidad; sobre todo, en medio de una visible erosión del pensamiento crítico y de una preocupante escasez de formación profesional e intelectual en sectores prominentes en la vida nacional, incluyendo a los uniformados.
Y, créanme, ¡hay problemas de fondo!
Parte de la oficialidad joven vive una confusión silenciosa: no sabe si prepararse con rigor en su especialidad, apostar a la carrera institucional, buscar refugio o gravitar en torno a algún funcionario aguardando que el tiempo la ascienda; como si la búsqueda del generalato pudiera ser, para algunos, más fruto de lealtades partidarias que de trayectoria, méritos y competencias. Y ese dilema no es menor, porque toca el nervio matriz del ethos militar.
Espero que este ejercicio de memoria no sea estéril. Que sirva para reafirmar un anhelo esencial: que las Fuerzas Armadas de nuestro país se mantengan como instituciones no deliberantes, disciplinadas y virtuosas, respetadas por la sociedad por su condición apartidista y por estar exclusivamente al servicio de la Constitución, de la democracia y de los gobiernos legalmente constituidos.




