Trafalgar: cuando la política perdió el timón

“Muchos buscan la verdad… pero solo hasta donde no les incomode”. —Diógenes—
Homero Luis Lajara Solá

El 21 de octubre de 1805, frente al cabo de Trafalgar, no se enfrentaron únicamente dos flotas. Ese día colisionaron dos maneras de entender el mando, la experiencia y el poder del mar.

Lo que se hundió allí no fue solo una escuadra franco-española, sino una idea equivocada: la creencia de que se puede prescindir de los profesionales con experiencia y aun así ganar guerras.

Años antes de Trafalgar, los líderes de la Revolución francesa habían tomado una decisión que parecía coherente desde la política, pero suicida desde la mar. Consideraban sospechosos a sus comandantes navales por haber sido formados bajo la monarquía.

Muchos fueron destituidos, encarcelados, ejecutados o empujados al exilio. No por ser marinos deficientes, sino por el error de valorar “credenciales ideológicas de forma errada”.

En tierra, Francia logró improvisar ejércitos masivos. En el mar, eso era imposible. Un barco de guerra no se comanda con consignas desde tierra. Una escuadra no se mantiene cohesionada con discursos.

El océano exige conocimiento acumulado, memoria técnica, respeto al oficio y una cadena de mando que inspire obediencia basada en el ejemplo y el don de mando.

Mientras Francia desmantelaba su cuerpo de oficiales, Inglaterra hacía exactamente lo contrario. La Royal Navy cuidó su tradición, protegió a sus capitanes y entendió algo fundamental: el mando naval no se fabrica en una revolución, se forja con el tiempo.

El legendario almirante inglés Horatio Nelson no emergió de la nada en Trafalgar; era el producto de décadas de capacitación, navegación y combate.

Cuando las flotas se encontraron frente a Cádiz, el desenlace ya estaba escrito, aunque muchos no lo supieran. Los barcos franceses y españoles eran en su mayoría aptos, incluso superiores en número.

Las tripulaciones eran valientes, pero el problema estaba arriba, en el puente de mando y en la experiencia colectiva. Faltaba lo que la Revolución francesa había expulsado: continuidad, doctrina y autoridad profesional.

Trafalgar fue una lección cruel. Napoleón, invencible en tierra, comprendió que sin dominio del mar su imperio tenía fronteras invisibles. Nunca pudo cruzar el canal de la Mancha. Inglaterra, protegida por su flota, sobrevivió a todas las tormentas políticas del continente.

Para los marinos, Trafalgar enseña algo que no aparece en los manuales: la experiencia no se improvisa, se hereda del servicio, forjada en el entrenamiento y la tradición. Cada comandante es un eslabón de una cadena extensa. Cuando la misma se rompe por razones ajenas al oficio, el barco sigue navegando… pero sin rumbo.

Para los políticos, la lección es aún más incómoda. Gobernar no es borrar lo anterior, ni humillar a quienes sirvieron antes con honor. Las instituciones armadas no son botines ni escenarios de ajuste de cuentas. Son herramientas del Estado, y su eficacia depende de que se respete su saber interno.

La Revolución francesa quiso empezar de cero. El mar le recordó que en navegación nadie empieza de la nada. “Todo capitán navega con cartas náuticas trazadas por otros”.

Todo Estado serio gobierna apoyándose en sus élites, incluso cuando han servido a otros pabellones, apegados a la doctrina y al deber.

Trafalgar no fue solo una derrota naval. Fue la factura histórica por una mala decisión política tomada años antes. Y como ocurre siempre en el mar, la misma se pagó con intereses.

Porque al final, el océano no entiende de ideologías. Solo distingue entre quienes saben gobernar un barco… y quienes se creyeron conocedores únicos del cosmos y en condiciones de aprender el mismo día de la batalla.

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