En lenguaje naval de mando, el patrimonialismo es una vía de agua en la línea de flotación del Estado.
Ocurre cuando el comandante confunde el puente de mando con su camarote privado y trata la nave como si fuera de su propiedad. Las órdenes ya no responden a la ley ni al reglamento, sino a afectos, lealtades personales o conveniencias momentáneas.
En ese punto, la disciplina empieza a perder tensión, como un cabo mal afirmado. En una nave bien gobernada, el mando es funcional y temporal: el buque pertenece a la institución, el rumbo lo marca la misión y el comandante responde por cada decisión ante la ley naval y la historia.
En el patrimonialismo náutico ocurre lo contrario: el mando se personaliza, la tripulación se divide y la bitácora se reescribe para encubrir errores.
Cuando los ascensos y las designaciones se convierten en favores y no en reconocimiento al mérito, cuando los retiros no cumplen con lo estipulado en la ley, la cadena de mando se oxida. El oficial deja de mirar al norte y comienza a cuidar su puesto.
El resultado es una nave que parece avanzar, pero deriva. Ningún buque de guerra soporta eso en mar abierto. Sin reglas claras, sin separación entre lo institucional y lo personal, el timón pierde firmeza y el casco se fatiga. No hace falta tormenta: basta el desgaste.
Mandar no es poseer. Ejercer el mando es custodiar para la posteridad una nave que no es propia y es de todos, mantenerla a flote, cumplir la misión y entregarla íntegra al relevo.
Todo lo demás es mala mar y rumbo de colisión.




