Alegoría de la caverna

“Es mejor irse y hacer falta que estar y no significar nada”. -autor desconocido-
Homero Luis Lajara Solá

En La República, de Platón, los hombres encadenados dentro de una caverna solo ven sombras proyectadas en la pared. Son prisioneros de la ignorancia, confundiendo reflejos con realidad.

Pero uno de ellos, liberado, emigra al mundo exterior y descubre el sol: la verdad. Al regresar para compartir su hallazgo, es rechazado porque la luz hiere los ojos acostumbrados a la penumbra.

Esa alegoría, escrita hace más de dos mil años, encuentra su eco más luminoso en la vida y obra de Juan Pablo Duarte, el forjador de la República Dominicana, cuyo nacimiento celebramos cada 26 de enero como símbolo del despertar nacional.

Nuestro padre de la patria es el prócer que salió de la caverna —de la sumisión y la oscuridad política— y vio la luz de la libertad. Su misión fue traer esa claridad a un pueblo bajo las sombras de la dominación y las cadenas del miedo.

La “caverna” de Duarte era la isla sometida al yugo haitiano. La “sombra” era la falsa idea de que la independencia era imposible; la “cadena”, la dependencia de voluntades ajenas.

El patricio comprendió que la verdadera liberación era territorial, espiritual y moral. Su idea de patria surgió de la razón; no lo hizo de la ambición, sino del deber.

Así como el filósofo Platón ascendió hacia la luz del conocimiento, Duarte ascendió hacia la luz de la conciencia nacional. En su mente, la libertad era un estado del alma antes que un hecho político.

“Vivir sin patria es lo mismo que vivir sin honor” escribió, sintetizando la ética del ciudadano libre. Esa frase es un pensamiento patriótico y una sentencia filosófica que expresa la dignidad del ser humano que ha conocido la libertad.

Su sacrificio, su desprendimiento económico, su fidelidad a los principios y su pureza moral fueron el resultado de una visión racional y ética. Él buscó despertar conciencias.

Si Platón mostró que el conocimiento libera, Duarte demostró que la libertad ilumina. En su ideario, la educación era el timón de la patria y la virtud su brújula. Su pensamiento es el faro que debe seguir todo dominicano cuando la política se vuelve sombra y la corrupción nubla el horizonte.

En los albores de la República, las cadenas de Haití en 1822 simbolizaron por 22 años un tramo de oscuridad en la caverna histórica.

Pero la luz salió del cenit de la libertad, como en los lienzos que representan a la patria. Fue la guía de Duarte, acompañado de Sánchez, Mella y otros próceres, que alumbró la puerta de salida hacia el amanecer del 27 de febrero de 1844.

Hoy, en este 213º aniversario de su nacimiento, debemos preguntarnos: ¿Estamos en la caverna? ¿Nos conformamos con las sombras de las promesas políticas y los reflejos del bienestar aparente? El mejor homenaje al ideólogo de la nacionalidad dominicana no está en repetir su nombre, sino en imitar su claridad.

La patria que él soñó —libre, soberana e independiente de toda dominación extranjera— sigue siendo un compromiso.

Somos los herederos de sus ideales, llamados a mantener viva esa llama en medio de tiempos oscuros. Porque mientras haya dominicanos que piensen, estudien y actúen con el espíritu del gran trinitario, su luz no se extinguirá.

Como el hombre que salió de la caverna para contemplar el sol, Duarte fue el dominicano que enseñó a su pueblo que la libertad no se mendiga: se conquista con valor, virtud y sacrificio. En él, el pensamiento de Platón se hizo patria. Y en su ejemplo, la República encontró su sol.

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