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Haití ¿víctima de quién?

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Navegando los mares de nuestra historia, pasamos de 1492 hasta cuando Francia y España firmaron el Tratado de Aranjuez en 1777, fecha en que se dividió y deslindó por primera vez la isla La Española en dos colonias, una al Oeste, la francesa y la otra del lado Este, la española.

Unos años después, con el Tratado de Basilea de 1795, España cedió a Francia la parte Este de la isla. Pero en el año 1801, el general y ex esclavo de la colonia de Saint Domingue, Toussaint Louverture, decidió, sin permiso de los franceses, hacer cumplir el Tratado de Basilea, contradiciendo la estrategia del emperador Napoleón Bonaparte.

Es así como en 1804, el general Jean Jacques Dessalines proclama la independencia de Haití, e invade en el 1805 esta parte de la isla, cometiendo depredaciones inauditas en la retirada de su soldadesca en las ciudades de Moca y Santiago.

A partir de ahí se inició un periplo donde el general francés Jean Louis Ferrand, que estaba acantonado con sus tropas en la parte Este (Santo Domingo español) desde 1802, resistió tanto las feroces y sangrientas embestidas de Dessalines, como la de los ingleses, iniciando la época conocida como la “Era de Francia”, la cual se prolongó hasta que el 7 de noviembre de 1808, el general Juan Sánchez Ramírez, derrotó al general Ferrand en la Batalla de Palo Hincado, originando la capitulación de los franceses el 11 de julio de 1809 e iniciando el período conocido como la España Boba.

Si bien es cierto que cuando Dessalines proclamó la Independencia de Haití , la nueva Constitución, en su Art. 12 prohibió a los blancos ser propietarios de tierras y en el Art. 14 se estableció la definición genérica de los haitianos como “negros”, al analizar tanto el contexto histórico como el legal, vemos que en el año 1804 la parte Este estaba aún ocupada por los franceses, por lo que el concepto de Dessalines de que la isla era “una sola e indivisible” se empleó en un contexto constitucional diferente al que muchos hoy interpretan; asimismo, cuando Toussaint proclamó en 1801 el Estado, se refería a la parte haitiana, no a la isla en su totalidad como indivisible, hecho refrendado de manera definitiva con el Tratado de Amistad, Comercio y Navegación de 1874, entre República Dominicana y Haití.

Después de la Independencia Efímera de Núñez de Cáceres, proclamando el Estado Independiente de Haití Español, el 1 de diciembre de 1821, llegó la invasión haitiana de 1822, con su programa de suplantación y haitianización, que nunca ha sido abandonado, y que se prolongó por 22 largos años, hasta que el fervor patriótico de Duarte, Sánchez, Mella y demás trinitarios, el 27 de febrero de 1844, nos legó una Patria libre, independiente y soberana llamada República Dominicana.

A pesar de los 12 años de luchas por parte de nuestros gloriosos ejércitos de tierra y mar, hasta la espada de Aquiles del entonces legendario general Pedro Santana, llegó a desconfiar en que pudiéramos soportar las embestidas del feroz y poderoso ejército del Oeste.

Solo el alma indomable del general Juan Pablo Duarte y otros próceres de la naciente nación tenían la fortaleza de Leonidas y los 300 Espartanos, con la fuerza espiritual de enfrentar una tropa haitiana de más de 50,000 soldados bien artillados, apoyada en un peso demográfico de 800,000 almas, que superaba con creces los aproximadamente 250,000 dominicanos, siendo esta circunstancia inicial la que pone a prueba la grandeza de Duarte, quien contra viento y marea formó y tuvo fe en un proyecto de nación, sin injerencia foránea.

Es este uno de esos momentos estelares de nuestra historia en que el espíritu pesimista del anexionista nos hizo de nuevo demostrar lo que dice una de las estrofas del Himno Nacional, el mismo que fue compuesto por el autor que es desconocido por la mayoría de los jóvenes de esta época, Emilio Prud’Homme : “Que si fuere mil veces esclava, otras tantas ser libre sabrá”.

Y el 16 de agosto de 1863, en los campos de Marte, el grito de Capotillo hizo sonar el clarín, y de nuevo se desenvainó el sable libertador con Luperón a la cabeza, al comenzar la Restauración de la República, cuando Humberto Marzán izó el Pabellón Nacional, en ese cerro histórico donde ondeó imponente la Bandera dominicana, inspirando los versos de Deligne.

Durante los 50 años siguientes, la imparable máquina del tiempo volvió a dejar sentir el oleaje maligno de la ambición de dinero, poder, con administraciones deficientes de los políticos, donde con sus honrosas excepciones siempre se sangraba, y se sigue sangrando, el Estado, hasta que caímos bajo el dominio del imperio norteamericano, desde el año 1916 al 1924.

A partir de ahí, retomamos el rumbo de zigzag que nos ha impedido llegar al puerto de la democracia, no así a la “dominicracia” que aún vivimos, marcada por interregnos de dictaduras, y de democracias ilustradas, pero con la sobresaliente estela de que, con sus fallas, desde 1966 se celebran, con sus gazapos procedimentales y técnicos, elecciones generales para elegir las autoridades que nos rigen, aunque muchas veces nos mal gobiernen.

Al final de este intento de simplificar la estela de nuestra historia, vemos como la ONU, OEA, CARICOM, las ONG, y demás organizaciones internacionales, nos combaten con una mezquindad que asombra, porque honramos el principio migratorio y soberano de la dominicanidad, sin que con su miopía inducida logren reconocer las reales víctimas de la estampida del depredador del Oeste, cuya población, casi el 100% consume carbón vegetal de nuestros bosques, y viene a este lado a degradar y consumir lo que creen es el “vellocino de oro” que con mucho sacrificio ha logrado erigir la República Dominicana, afectando su exiguo presupuesto de salud y educación con un lastre de interminables parturientas, estudiantes y chiriperos haitianos.

O es que no saben que la muralla de la fe cristiana, lengua, costumbres, tradiciones y el espíritu duartiano, reforzada por el trabucazo legal de la Sentencia 168-13 del honorable Tribunal Constitucional, junto a las maniobras legales y diplomáticas del gobierno dominicano, emitiendo dos decretos (327-13 y 250-14) y sometiendo al Congreso la Ley 169-14, disposiciones que “debe cumplir y hacer cumplir” con la rigurosidad de un sensor romano, son las herramientas que deben impedir que se siga fortaleciendo la idea de la imposible fusión o un Estado federado entre dos países diametralmente opuestos en todos los sentidos.

Espero que el hecho de que se hayan favoreciendo a alrededor de 55 mil descendientes de haitianos, no radicados en el país -lo que lógicamente implica sus familiares-, no siga alimentando la falsa idea a los haitianos y sus aliados de que es posible unificar la isla dividida desde 1777, por la gracia de Dios.

En ese sufrido país, una diminuta oligarquía oprime a un pueblo y lo quiere presentar ante la comunidad internacional como víctima de los dominicanos, una nación que lo que ha hecho siempre es ayudar, incluso desprendiéndose de territorios, y aun así piensan que la RD tiene que solucionar el problema haitiano y nos inundan de inmigrantes.

O es que tampoco saben que de los 54,091 kms. cuadrados que señalaban los libros de geografía a principios de la Era de Trujillo, hoy solo tenemos 48,448 kms2, perdiendo a Hincha, Las Caobas, San Miguel de Atalaya, Rancho Mateo y el Valle de la Miel; con los tratados de 1929 y de 1936, donde por los éxitos diplomáticos del momento (1936), tanto el generalísimo Trujillo como el presidente Vincent, fueron propuestos y aceptados como candidatos al “Premio Nobel de La Paz”, en Oslo, Noruega. ¿Quién entonces es la víctima? Haití, sí, pero de sus malos gobiernos, sin proyecto de nación, y el germen de la ignorancia.

Ya fijando posición, no creo en el proyecto de fusión per se. Sí en planes de grupos motivados por la ambición y la codicia, debido a que una masa humana desorientada y padeciendo el hambre del refugiado medioambiental, no sigue liderazgo alguno, solo camina hacia donde le lleva la fuerza bruta de la supervivencia, por ese Masacre que se pasa a pie, en búsqueda de lo que todo ser humano desea y merece: derecho a la alimentación, salud, trabajo y bienestar con dignidad para los suyos.

Todo ese escenario nos hace suponer que los haitianos albergan las falsas esperanzas de que algún día, organizaciones internacionales y países aliados, les entreguen el territorio dominicano, en lugar de dedicarse a recuperar el suyo.

Sin duda, para desarrollar a la República Dominicana a plenitud, también hay que ayudar a desarrollar a Haití, pues si ellos tienen trabajo allá no buscarían nada aquí.

Mientras tanto, aportando para esclarecer los puntos ciegos, seguimos escuchando errores de interpretación, politiquería, patriotismo de barricada y a malos dominicanos que se han unido a poderes foráneos, negociando su mismo sentido de pertenencia, en este suelo, único lugar en la tierra donde no somos extranjeros.

¡Dios, Patria y Libertad!

Miembro fundador del Círculo Delta.

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