sábado 25 de marzo 2017 | 23:27

Una Gallera de Pueblo

A 270 kilómetros de Santo Domingo, está Punta Rusia en una esquinita casi escondida de Montecristi. Es un pueblo costero, pequeño y tranquilo donde el único ruido que se oye sale de la disco terraza que compite con la música del billar del frente. Pero eso es durante la noche. En el día parecería uno de los pueblos más tranquilos del país, donde ni siquiera hay señal telefónica y la gente se limita a conversar pacíficamente en una silla de madera al lado del camino de tierra. Al menos eso parecería, hasta que en la tarde del sábado abren la gallera. De repente la paz interior de esta gente se transforma cuando entran al perímetro de tan sólo 30 metros cuadrados. Los que parecen buena gente se concentran en hacer enojar a los gallos, escupiéndoles tabaco en la cara.

Era mi primera vez en una gallera y me tocó en la primera fila. Empezó la primera pelea, y nunca había visto dos animales tan determinados a hacerse daño mutuamente, sin ninguna razón aparente. Sólo se odian entre ellos mismos, a los humanos no los atacan. A la mitad de la pelea ya había uno que se perfilaba como el ganador. En uno de los picotazos, el gallo que estaba perdiendo saltó y aterrizó al lado de mí, fuera del ring, y ahí la que saltó fui yo. Me sopló aire con sus alas nerviosas, hasta que se escondió engurruñado entre las piernas de mi vecino. Pero no tuvo suerte el gallo, lo agarraron y lo depositaron dentro del ring nuevamente hasta su derrota.

En la segunda pelea, intenté subirme en el banco más alto de la úlitma fila (para hacer una foto, no porque tuviera miedo a que me saltara encima otro gallo sangriento, que conste). Los asientos estaban hechos de 3 ó 4 troncos pequeños clavados paralelamente uno al lado del otro, con una separación no uniforme entre cada uno. Precisamente en una de las separaciones (la más ancha de todas) apoyé el pie y se me deslizó la pierna hasta abajo. Se frenó en la rodilla porque el espacio no era lo suficientemente ancho para dejarla pasar. Me pude parar y, cojeando, hice más fotos. Cuando se acabaron las peleas vi a uno de los dueños de un gallo perdedor que tenía a su gallo, aparentemente muerto y lleno de sangre, acostado a sus pies. Cuando me acerqué, "el muerto" empezó a saltar y a salpicar su sangre por todos lados, incluyendo encima de mí.

En fin, no sé lo que me pasa en este año que cuando voy a hacer fotos a algún lugar siempre salgo chueca. Si no salgo con una ameba, salgo con la rodilla hinchada y con sangre por los pies. De verdad, ¡yo pudiera hacer fotos con más gracia! Ahora estoy en Haití. Espero haber superado ya esta mala racha y tener mejor suerte...

Aquí les dejo 60 segundos de excitación dentro de una gallera de pueblo. www.unadominicanarubia.com

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