Los clásicos enseñan que las instituciones conservan su fortaleza cuando permanecen fieles a su naturaleza. La política y la profesión militar son igualmente necesarias para la democracia, pero responden a lógicas distintas.
La primera vive del debate, la competencia y la búsqueda de respaldo ciudadano; la segunda descansa sobre la disciplina, la cadena de mando, el mérito, la preparación y el cumplimiento del deber. Por eso los militares están para defender la democracia, no para practicarla. En tiempos dominados por las redes sociales, donde la promoción personal parece haberse convertido en una práctica cotidiana, conviene recordar que los uniformados no deben promoverse a sí mismos. No construyen candidaturas y nunca deben desarrollar campañas de simpatías ni buscar apoyos externos para alcanzar posiciones de mando. Su mejor carta de presentación debe ser su hoja de servicio.
La profesión de las armas exige subordinar las aspiraciones personales al interés institucional. Cuando aparecen los cabildeos, las gestiones paralelas o cualquier intento de influir desde fuera de los canales legítimos de mando, se erosiona la confianza que sostiene a toda organización militar. Ningún cuerpo castrense puede fortalecerse si sus miembros buscan allende los cuarteles lo que sólo debe obtenerse mediante desempeño, antigüedad, capacitación continua, integridad profesional y resultados comprobados. Para eso debe existir una voluntad política blindada que no acepte intervenciones de ningún sector externo al mundo de los centuriones, sobre todo de funcionarios civiles. A ello se suma una realidad indiscutible. En nuestro sistema democrático, los cambios en las posiciones de mando constituyen una facultad exclusiva del presidente de la República, autoridad suprema de las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional por mandato constitucional.
Precisamente para proteger la institucionalidad y evitar presiones indebidas, el principio de autoridad debe actuar con quienes pretendan influir en ese proceso mediante campañas personales o mecanismos ajenos a la carrera militar contradiciendo la esencia misma de la profesión. Los romanos comprendían esta realidad. El prestigio del centurión no provenía de su capacidad para hacerse visible, sino de su ejemplo, competencia y liderazgo en el cumplimiento de la misión. La autoridad nacía del servicio y del sacrificio, no de la popularidad. La República Dominicana ha logrado navegar décadas de estabilidad, crecimiento y convivencia pacífica gracias al esfuerzo conjunto del liderazgo político, la sociedad, el sector privado y de unas Fuerzas Armadas que deben preservar su carácter profesional y apartidista, esto último mejorado notablemente en los últimos años, aunque necesita seguir trabajándose.
No hemos avanzado tan rápido como algunos hubiéramos deseado, pero como país, hemos mantenido el rumbo de la paz, oxígeno de la economía que genera bienestar. Por ello, preservar el ethos militar sigue siendo una responsabilidad innegociable. Los cargos son pasajeros; la institución permanece. Como enseñaba Marco Aurelio, el deber cumplido no necesita proclamarse. Al final, las instituciones verdaderamente sólidas se construyen cuando sus integrantes comprenden que servir vale más que figurar y que la lealtad a la nación está siempre por encima de cualquier aspiración personal.




