Como ciudadano y antiguo jerarca militar, me permito nuevamente llamar su atención sobre una situación que viene erosionando de forma sostenida, desde hace ya algunos años y sin la debida acción correctiva por parte de las autoridades correspondientes, el principio de autoridad en nuestro país: la proliferación de individuos disfrazados de policías y militares, actuando sin control, haciendo el ridículo y, peor aún, confundiendo a la población.
El punto neurálgico de este problema se concentra, en gran medida, en la policía municipal y, en ciertos casos, en cuerpos de bomberos, donde algunos ostentan indumentarias y rangos que proyectan una imagen cuasi militar, generando confusión sobre su verdadera competencia y autoridad.
A esto se suman fallas preocupantes en el entrenamiento policial y en los criterios de formación y ascenso. Se percibe una proliferación de oficiales superiores de la Policía Nacional que, en no pocos casos, no exhiben el perfil adecuado para el mando, particularmente en lo relativo al trato con el ciudadano, el control de situaciones y el respeto al marco institucional. Este déficit impacta directamente la percepción de autoridad y deteriora la confianza pública.
Aquí entra en juego un aspecto esencial del orden institucional: el respeto a los símbolos del Estado y a la autoridad legalmente constituida, única con la facultad de ejercer el monopolio legítimo de la fuerza. Cuando esa línea se difumina, no solo se debilita la percepción de autoridad, sino que se abre espacio al desorden, la usurpación de funciones y posibles abusos.
Este fenómeno no es menor. Refleja una preocupante degradación en la relación entre ciudadano y autoridad: hoy vemos cómo el respeto mutuo se ha erosionado peligrosamente. Esa fractura puede escalar hacia niveles de violencia inmanejables, con consecuencias dolorosas para familias dominicanas.
Entiendo que este es un tema que debe ser abordado con la debida seriedad por los organismos del Estado , ya que presenta múltiples aristas dentro del ámbito de la seguridad ciudadana. La inacción prolongada solo agrava el problema y normaliza lo inaceptable.
Aún estamos a tiempo de actuar con firmeza, claridad normativa, fortalecimiento institucional y visión estratégica, antes de que la situación derive en escenarios más complejos y lamentables.
Con el respeto y la consideración de siempre.




